"Entre Líneas", de Ana Alejandre

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Palabras encadenadas

Mundo virtual vs. mundo real

Mundo virtual vs mundo real

Ana Alejandre

Actualmente, entrar en el mundo virtual a través de internet es casi un rito obligatorio para cualquier ciudadano que quiera estar integrado en esta sociedad de la comunicación y la tecnología en la que todo empieza a tener, cada vez de forma más acusada, una naturaleza virtual que incita a pensar que, en un futuro próximo, la realidad, es decir, el plano físico en el que nos desenvolvemos, tendrá mucha menor importancia que en el presente, y lo virtual sustituirá la parcela de realidad que vayamos perdiendo de forma lenta pero imparable, aunque nunca será igual de gratificante, por mucho que nos engañemos, lo que vivamos "a distancia" o "virtualmente" que lo que vivimos en la realidad y sin soporte informático o electrónico que lo haga posible.

Los ordenadores, los móviles y las tabletas se han convertido en los aliados perfectos y sustitutivos potenciales de esa realidad a la que quieren suplantar hasta llegar a ser ésta una entelequia aburrida para quien se obsesiona por las comunicaciones a distancia, por esa extraña fascinación que ejercen los dispositivos electrónicos, auténticos genios contenidos, en vez de una botella a la que hay que frotar, en un aparato electrónico al que hay que encender y que responde rápidamente a nuestras preguntas, realiza nuestras órdenes y atiende a nuestros deseos.

Es por ello que los nuevos dispositivos electrónicos están cumpliendo un viejo sueño de la Humanidad: tener un genio generoso y servicial que siempre cumpla nuestros deseos sin cuestionarnos, contradecirnos o desobedecer a nuestros mandatos, los que siempre obedece el artilugio en cuestión con sólo apretar un botón, convirtiéndonos en seres poderosos que es obedecido inmediata y constantemente a sus mandatos a través del teclado que nos traslada al mundo virtual en el que las leyes que lo rigen son siempre más benevolentes para los usuarios que frecuentan la virtualidad y sus muchos reclamos.

Esto ensancha el área de poder de los adictos al mundo virtual inmediata e infaliblemente, lo que provoca una extraña y embriagadora sensación de poder que la vida real arrebata o niega siempre, porque en ella no podemos apretar un botón para que sean cumplidas nuestras órdenes con igual facilidad que sucede en el mundo virtual que se convierte así en el espacio inmaterial en el que ejercemos un omnímodo poder que la realidad nos niega constantemente con sus leyes implacables que niegan la existencia de genios complacientes a nuestros deseos, posibilidad que la virtualidad nos ofrece fielmente a través de los diversos artilugios electrónicos que crean la realidad virtual, al lado de la que la verdadera realidad parece triste, anodina y frustrante.

Si los drogadictos quieren huir a los paraísos artificiales a caballo de la heroína, crash, cocaína, etc., los adictos al mundo virtual -ya hay psicólogos dedicados a tratar la creciente adicción a los móviles-, huyen de la triste realidad siempre frustrante para llegar a esa zona intemporal, inmaterial y gratificante en la que se pueden realizar viajes a lugares exóticos, lejanos e inalcanzables, sin moverse del asiento ante el ordenador por el que navegamos por internet; o bien, a través de la consola de videojuegos, vivir aventuras apasionante con roles de héroes o villanos que pueden realizar todas las hazañas que la vida ramplona niega; o gracias al móvil o el chat podemos habla con quienes están lejos, incluso con perfectos desconocidos, lo que es siempre más excitante, porque hablar y relacionarse con quienes están lejos e invisibles por el misterio, la lejanía y el morbo que ofrece.

Es esa atracción por lo lejano, desconocido y misterioso lo que convierte al simple hecho de comunicarse con alguien desconocido de quien ignoramos todo, pero podemos imaginar su apariencia, circunstancias y personalidad, en un amplio, casi infinito, abanico de posibilidades que la realidad, siempre tan limitadora por definidora, niega por su naturaleza objetiva y la cercanía que ofrece. Es esa cercanía lo que siempre representa una limitación a la imaginación, a la aventura y a la duda. Ingredientes todos que siempre ofrecen un plus de atractivo, misterio y morbo a cualquier relación en la que todo lo que no se puede ver ni comprobar toma esos tintes atractivos que dotan de cualidades imaginarias y borra los defectos que la cercanía real, el trato directo y personal, impiden que nazcan unas y se destaquen, otros. La cercanía es como un foco que ilumina las zonas oscuras, precisamente aquellas que quedan siempre a la sombra en la relación virtual, que se convierte en una imaginaria realidad en la que todo parece ser, pero nada es ni existe realmente fuera de ese mundo etéreo del que el verdadero constructor es el propio sujeto que proyecta, en la pantalla de su dispositivo electrónico, sus propios deseos insatisfechos, sus esperanzas siempre frustradas y su deseo de vivir otra vida diferente a la suya que, por cotidiana y anodina, no soporta y de la que quiere escapar, constantemente, a través del fiel servicio de esa lámpara de Aladino que es el ordenador, la tableta, la consola o el móvil, que siempre le responde pero no al frotarla, sino al darle al botón de encendido que enciende no sólo la pantalla, sino la imaginación del usuario y su necesidad de vivir una ficción que le ayude a soportar la realidad que le aplasta de forma inmisericorde, con su carga insoslayable de frustración y derrota.

Es este exceso de virtualidad que suplanta a la vida real la que provoca que se empieza a dar el caso de personas -entre las que destacan muchos famosos-, que están borrando sus perfiles de las redes sociales por considerar que eso no es la vida real, sino una mera ficción que les roba tiempo para vivir de verdad en el mundo físico y no virtual, mundo etéreo en el que los amigos no son tales, sino meros conocidos en la lejanía, y las aventuras vividas en las consolas de videojuegos son otra forma de alienación que tratan de enganchar con sus artificios a quienes, incautos, caen en sus redes de adicción, hasta llegar a no vivir nada más que a través de esos artilugios electrónicos como vías de escape de una realidad que no les ofrece nada más que frustración y desaliento.

Todo es bueno utilizado con mesura. El problema surge, al igual que con todo tipo de adicciones: tabaco, alcoholismo, drogadicción, en las que se empieza poco a poco, hasta que llegan a dominar a voluntad del sujeto. Siempre se empieza a navegar por internet, hablar por el móvil, jugar a los videojuegos, etc., uno minutos al día, unos días a la semana y, poco a poco, llega a convertirse en una obsesión que roba autonomía, libertad y autocontrol y, por supuesto, tiempo que es el bien más valioso que tenemos. Por ello, se llega a convertir ese imaginario genio, amable y servicial, contenido en el dispositivo, en un demiurgo cruel y dictatorial que va exigiendo cada vez más tiempo, más dedicación y más atención, descuidando las verdaderas relaciones humanas y próximas: familia, amigos, el trabajo y las obligaciones, además del abandono de las relaciones personales, para dedicárselos a ese atractivo mundo virtual que borra fronteras temporales y espaciales y llega a dominar por completo la mente del individuo que quiere encontrar en él ese paraíso perdido que representa toda infancia.

Sin embargo, el adicto al mundo virtual, al final, va perdiendo su tiempo, su vida y todo lo que es real, auténtico y verdadero, a cambio de una ficción que se apodera de su voluntad, sin dejarlo escapar, si no despierta a tiempo de ese sueño irreal. Esa afición adictiva le demuestra a todo enganchado a la virtualidad que, en contra de lo que se afirma, la realidad sí supera a la ficción, porque la ficción que supone el mundo virtual supera, para muchos enganchados a esa nueva droga, a la propia realidad a la que termina sustituyendo de forma paulatina e irreversible.

Todo paraíso artificial es peligroso. Cuando el ser humano se evade de la propia realidad en la que vive y le define y conforma, queda siempre ante un precipicio que ofrece la oscuridad de la nada que esconde en el fondo y en el que siempre, antes o después, cae quien deja de tener contacto con la realidad, olvidando que ésta es la que le sustenta y sostiene ante el vacío de la virtualidad. Es esa ficción que finaliza sólo con apretar un botón que apaga el mundo falso de imágenes evanescentes en el que el iluso cree habitar, olvidando la vida real que le espera siempre, al igual que los seres reales que la habitan, sin mentiras ni artificios, pero con la palpitante verdad que siempre es en la que muchos se sienten perdidos o de la que quieren huir. Por ello, eligen el camino equivocado que les lleva a adentrarse en la negrura del vacío que es lo que, realmente, existe detrás de cualquier pantalla cuando ésta se apaga. Es entonces cuando muestra su verdadera naturaleza: la que imita, con la vorágine de imágenes y sonidos, a la realidad que sólo ofrece en su mera apariencia dotada de gran fidelidad formal, pero a la que le falta la vida, ese misterioso don que discurre por el cauce de la realidad, y del que está desprovista la fría, aséptica, cibernética e inerme virtualidad.

La vida y la inmortalidad

Ana Alejandre

Si el hecho de vivir tiene un espacio temporal que forma un arco imaginario que comienza en el punto de partida que es todo nacimiento y finaliza en el punto final que es el que escribe la muerte, la distancia entre ambos puntos siempre es lo que llamamos la vida de cada individuo que es traspasado por esa flecha misteriosa que es el tiempo que siempre va en la misma dirección que nunca cambia y que le lleva hacia lo que llamamos futuro, en el que el final ya está marcado por una línea invisible de inevitable traspaso que es la muerte.

Ese arco vital se va dilatando en su duración década a década, en cuanto a la expectativa de vida de los habitantes del primer mundo, gracias a una mejor alimentación, mejores condiciones de vida, mayor salubridad y condiciones laborales más exigentes, lo que permite que esa dilatación, paulatina pero permanente, del plazo temporal que es toda vida, se vaya alargando, permitiéndonos así soñar a los humanos que, aunque la inmortalidad no existe, pues todo ser vivo es mortal necesariamente, esa utopía inalcanzable en la realidad está un poco más cercana en los futuros logros de la Humanidad, aunque sea en un plazo de tiempo que, por lejano, puede parecer infinito, aunque, a pesar de ello, más viable y posible.

No todo el mundo desearía alcanzar esa utopía de la inmortalidad, pero hay muchas personas que dicen que desearían conseguir ese estado en el que el tiempo pasara, pero sin llevarse consigo a quienes, desde el momento de su nacimiento, están ya de camino imparable hacia la muerte. Por ello, si se pudiera parar esa marcha constante y cada vez más veloz hacia la muerte, según se van cumpliendo años, hacia ese punto final de toda vida, supondría para muchas personas con ansias de inmortalidad el triunfo sobre la muerte, esa sombra tenebrosa que sabemos está esperando a cada individuo en la meta final en la que finaliza toda carrera vital a la que siempre se llega, antes o después, de forma voluntaria o involuntaria, porque hacia ese fin inevitable el nacimiento da el pistoletazo de salida al que nadie puede ignorar.

También para la religión cristiana, la inmortalidad sólo existe desde su visión de que el ser humano está compuesto de cuerpo y alma y la muerte sólo atañe a éste, pero el alma sobrevive. El ser humano sólo alcanzará la inmortalidad cuando el alma vuelva a unirse con el cuerpo cuando se produzca la resurrección de los muertos. Así alcanzará la vida eterna como Persona, es decir como la unión del alma y el cuerpo glorioso, ya sea en el Cielo de los bienaventurados o en el Infierno de los condenados, dependiendo de su comportamiento en su vida terrenal.

El tema de la inmortalidad también ha preocupado a la filosofía. Uno de los autores de la antigüedad que más ha tratado sobre la inmortalidad fue Platón, quien en Diálogos expone varios argumentos, de los que más notoriedad han tenido han sido los que presenta en la República, en Fedón y en Fedro. En contra de lo expuesto por Platón, Epicuro y su discípulo romano Lucrecio sostienen que el alma también, al igual que el cuerpo, es mortal y corruptible.

Santo Tomás de Aquino, el mayor representante del pensamiento escolástico, afirma que el alma es inmortal y a la muerte física se separa del cuerpo, aunque su fin no es ese, sino volver a ser uno con el cuerpo resucitado para volver a ser persona.

Esta idea escolástica fue también mantenida con diferentes matices por el filósofo materialista Ludwig Feuerbachen su obra Pensamientos sobre la muerte y la inmortalidad (1830).

Por su parte, la ciencia también se ocupa de este inquietante tema aunque no desde lado de la especulación filosófica o religiosa, sino estudiando los diferentes mecanismos que provocan el envejecimiento y los factores que podrían influir en el alargamiento de la vida. Existe, por lo tanto, la confianza de los científicos en que en un futuro impredecible se pueda lograr ese sueño de la Humanidad que es la inmortalidad. Para ello es posible que, en un momento dado, el uso de microprocesadores cuánticos pueda permitir que se transfieran las ideas y emociones desde el cerebro humano a estos microprocesadores para, después, descargarlos en cuerpos que sean indestructibles.

Es paradójico además que las expectativas de vida sean cada vez mayores y, sin embargo, la sensación de que el tiempo corre cada vez más deprisa, más velozmente, por la el ritmo frenético que impone la sociedad actual, tecnológica y cibernética, con lo que la vida parece un elástico que en vez de alargarse se va encogiendo en cuanto a la percepción que tenemos del tiempo que es la dimensión que mide la duración de la propia existencia.

La inmortalidad a la que aspiran muchos seres humanos -aunque sería una pesadilla que horrorizaría a otros muchos-, quizás sólo sea una aspiración que provoca el miedo a la muerte, a la propia desaparición física y, para muchos, la única forma de existencia siempre está ligada al cuerpo, sin otras posibilidades ultra terrenas que escapan a su comprensión.

Si en un futuro improbable existiera la posibilidad de seguir viviendo en cuerpos indestructibles a los que se les haya transmitido, con el uso de esos hipotéticos microprocesadores cuánticos, las ideas, sentimientos y emociones del ser que iba a fallecer para seguir conservando el "yo" que forman el conjunto de aquéllos, sería una forma de sobrevivir en el que el sustrato físico, o cuerpo renovado y ya indestructible, se convertiría en la verdadera cárcel de ese "yo" al que se querría preservar y darle la inmortalidad, lo que sería con toda seguridad condenarlo a un verdadero infierno del que ya no podría escapar.

Quizás sea la mortalidad el mejor regalo que da la vida para salir de la realidad a la que se nace sin que hayamos decidido ni dónde, cuándo, cómo ni con quién; cárcel para muchos desde el nacimiento o, para otros, desde el momento en el que la vida se convierte en una terrible pesadilla de la que la muerte es la única y posible solución, puerta bienhechora que la inmortalidad negaría per se como un atroz demiurgo, terrible y feroz que, al conceder su preciado don, lo convertiría en una espantosa trampa sin salida, salvación ni posible redención.

Es por ello preferible que la inmortalidad siga siendo una utopía sin realidad posible, y que el ser humano siga siendo finito y mortal para no vivir el infierno eterno en vida que supondría al carecer ésta de fin y, por ello, la vida carecería de todo sentido, valor y significado ajeno al hecho mismo de existir. Y, sobre todo, carecería de toda posible salida cuando se hiciera insufrible para el condenado a vivir la eternidad de todo ser inmortal, quien quedaría condenado a existir contra su propia voluntad para siempre.

No habría mayor infierno ni peor condena posible e imaginable que la inmortalidad, mito que debe quedarse en mero sueño de la Humanidad, para que no se hiciera siniestra realidad la frase de Goya que afirmaba que "la razón crea monstruos".