Los disfraces de la memoria

Ana Alejandre


La memoria siempre agranda las dimensiones físicas de los edificios u objetos visto hace tiempo, embellece los lugares en los que estuvimos o o a personas a las que tratamos, magnifica lo que sentíamos en una determinada época ,aumenta la felicidad sentida en tal o cual situación, como también eleva hasta el paroxismo el dolor, la pena, el sufrimiento o el esfuerzo padecido o realizado por tal o cual causa del pasado.

En una palabra, la memoria nos representa siempre disfrazado, embellecido o afeado, todo lo pasado: vivencias, lugares, personas, afectos, desafectos, logros, fracasos, ilusiones o desengaños fueron mucho más intensos, gozosos, ilusionantes o bien, todo lo contrario: penosos, desgraciados, ilusos o terribles de lo que realmente fueron por efecto del disfraz, de la máscara que cubre la verdadera faz de una realidad ya pasada que intentamos cubrir con los diversos artificios que sirven como muletas en las que apoyarse en el presente, hijo del pasado.

Esa percepción exagerada, tanto en la dimensión física como emocional, o psicológica, es un recurso de nuestra mente para intentar ocultar a nuestro yo consciente aquella parte dolorosa, frustrante, penosa o mediocre de la realidad que vivimos, sentimos, experimentamos o padecimos en una determinada época en la que no nos sentíamos felices ni satisfechos, quizás sí muy decepcionados con la vida que nos había tocado vivir, pero el yo consciente intenta tapar, velar, ante nuestra mirada que, desde el hoy, intenta vestir el ayer con unos ropajes que oculten la decepción, la tristeza o el dolor que realmente sufrimos y que no podemos o queremos aceptar, por lo que optamos por revestir de ricas vestiduras irreales una situación que no nos dejaba más sensación que la de la poca satisfacción que nos provocaba vivirla.

Es, por tanto, la insatisfacción de lo que sí vivimos, la que se disfraza de bellos recuerdos magnificados por el tiempo, como un mecanismo de compensación inconsciente, para poder asumir unas vivencias cuyo recuerdos, así fantaseados y maquillados por nuestra propia imaginación, las hace más aceptable y menos frustrantes que la realidad vivida y la verdad de personas, lugares y experiencias auténticas.

Pero ese deseo de maquillar la realidad con los colores que elegimos, no significa que siempre se haga de forma positiva embelleciendo unos recuerdos que de otra forma nos parecerían insignificante o anodinos, sino que también se produce la paradoja de que los recuerdos negativos de dolor, decepción, frustración o desdicha se aumentan por el yo consciente para ocultar sentimientos de culpabilidad de esa misma época a la que se refieren los recuerdos, por sentir que no se ha actuado adecuadamente, o para no tener que reconocer la falta de esfuerzo real, de interés, de voluntad para conseguir un determinado fin, una meta.

Así, esos problemas sufridos y aumentados en la memoria, esos obstáculos insalvables para obtener un logro codiciado, pero no hasta el punto de haber luchado todo lo necesario para hacerlo realidad, sirven de salvavidas para no ahogarse en el arrepentimiento por no haber hecho lo debido, o lo que otras personas demandaban; por no haber prestado la ayuda solicitada o por no haber sabido amar sin egoísmos ni fisuras.

Todas esos disfraces que usa la memoria para presentar los recuerdos, nos permiten seguir viviendo, falseando el pasado, los sentimientos, las vivencias y, en definitiva, la realidad vivida y sentida que, de esta forma, va tomando un cariz más benévolo, hermoso, consolador o, al menos, menos acusador, frustrante, amargo o revelador de lo que la realidad fue, en este presente en el que la memoria sirve de espejo deformante que refleja la imagen distorsionada del pasado, esa misma que ayuda a seguir viviendo en un presente que, cuando se convierta en pasado, volverá a recibir, de nuevo, el retoque necesario para acomodarlo a las necesidades, deseos, ilusiones, temores o remordimientos que entonces la vida haya entretejido en la trama de toda vida humana.

 

Introducción

Escribir sobre todas las lecturas y relecturas que realizo en un trimestre sería demasiado extenso para poder comentarlo con la brevedad que exige el mdio y el espacio. Por eso, prefiero citar algunos libros que me han impresionado por su calidad narrativa, su belleza poética, su rigor en el planteamento del ensahyo o la sinceridad con la que estan escritas memorias y autobiografías.

En la orilla, (novela)

Miseria y compañia Andrés Trapiello Pre-Textos 404 pp.

En la orilla
Rafael Chirbes
Editorial Anagrama
Barcelona, 2013

por Ana Alejandre

Esta novela de Rafael Chirbes vuelve a mostrar la maestría narrativa de su autor que reflexiona en ella sobre la crisis económica y sus dramáticas consecuencias para la vida de millones de seres humanos, y uno de ellos lo encarna el protagonista de la novela, Esteban, dueño de una carpintería que ha tenido que cerrar y dejar en el paro a sus trabajadores.

La novela comienza con la aparición de un cadáver en el pantano de Olba, lo que le hace reflexionar, entre la culpa que siente por haber dejado sin trabajo a quienes fueron los trabajadores de su empresa, pero sintiéndose a la vez, víctima y culpable de una situación que no ha buscado y de la que todos son receptores de sus terribles consecuencias, mientras reflexiona sobre los valores que han sido los pilares de esta sociedad durante muchos años.

No sólo reflexiona el propio autor, sino que obliga a los lectores a hacerlo y a ver la sucia realidad que se escondía en una supuesta bonanza económica, debajo de la que subyacía la corrupción y la más feroz especulación económica, que han dejado millones de víctimas en sus más dolorosas consecuencias: el paro, la marginación, la pobreza subyacente, la desaparición de la clase media y la más absoluta indignidad moral de quienes motivaron y propiciaron la situación, esa burbuja económica que estalló un día en el rostro de víctimas y culpables, pero dejando a estos sin responsabilidad moral y legal, como si todo fuera efecto del más atroz azar.

El estilo narrativo es del más puro realismo, con un lenguaje directo y siempre en clave obsesiva por parte del protagonista que se siente atrapado por la ruina económica y por la angustiosa situación provocada por la enfermedad terminal de su padre al que cuida con abnegación, lo que provoca en el lector una gran complicidad hacia la narración.

Esta novela es como un friso que ofrece el drama de vidas fracasadas, de sueños no cumplidos, de excelente narración que ofrece una visión desde la más pura y mejor literatura de la que el lector no sale indemne, porque ve en ella la mejor visión sobre ese inmenso estercolero, ese pantano de aguas profundas y negras que ocultaba durante años la cruel realidad de la que surgió la espantosa crisis económica, como lo hizo el cadáver encontrado en el pantano, una víctima más de la sociedad en bancarrota económica y moral.

El narrador habla en primera y tercera persona, además de usar el monólogo y el diálogo directo, nos va perfilando un mosaico de voces, de personajes que reflejan la sociedad actual con la falta de valores éticos y la crisis como telón de fondo en el que se van proyectando los personajes que conforman esta epopeya actual, en la que se pueden encontrar imágenes literarias que podrían ser el trasunto de las obras pictóricas de El Bosco, o de las obras teatrales de Brecht, porque retrata a esta sociedad nuestra sin un atisbo de esperanza y sí con pasión y desaliento..

En esta novela aparecen los grandes dioses modernos: la corrupción política y financiera, los seres ansiosos de poder, de dinero, capaces de todo para conseguir sus fines, las víctimas que ven sus ilusiones personales truncadas y sus sueños colectivos fracasados. Es decir, refleja la condición humana en la que hay depredadores y víctimas, porque siempre que hay un depredador social, busca a quien poder vampirizar que suelen ser los seres más indefensos.

En la orilla, es un ejemplo más del buen hacer narrativo de Rafael Chirves, pero también de su capacidad para mostrar con crudeza y excelente prosa una realidad que había permanecido oculta a la mayoría silenciosa que sólo la ha descubierto cuando ya era demasiado tarde, llevándose consigo sus proyectos de vida, su seguridad económica y vital y su propio futuro.

Excelente novela, sin duda, que nos ofrece Rafael Chirbes, como continuación a Crematorio, su obra anterior, que reflejaba la crisis económica inmobiliaria y sus terribles consecuencias que fueron preludio de la crisis total que surgió después y que convirtió los sueños personales y colectivos en una terrible pesadilla de la que parece no existir salida alguna.

 

El azar de a mujer rubia (ensayo novelado)

El azar de a mujer rubia Manuel Vicent Alfaguara Madrid, 2012, 244 pp.

El azar de a mujer rubia
Manuel Vicent
Alfaguara
Madrid, 2012, 244 pp.

por Ana Alejandre

Con su penúltima obra Aguirre, el magnífico, Manuel Vicent demostró que su estilo tomaba un mayor acento valleinclanesco, con el retrato, casi daguerrotipo, que realizó de la figura de Jesús Aguirrre, el ex cura de izquierdas pero tan escorado a la derecha y a la aristocracia que cayó en el lecho nupcial de la Duquesa de Alba, haciendo un magnífico dibujo al aguafuerte de quien fue su amigo y de la ambición que mantuvo éste hasta su muerte, la que demostró hasta el final de su vida cuando fue enterrado en el panteón de la familia ducal, cúmulo y catafalco de sus aspiraciones a la excelencia, aunque sólo fuera a título de consorte.

En esta nueva obra de ensayo novelada, cuyo protagonista es Adolfo Suarez, el primer Presidente del Gobierno de la democracia española, y la coprotagonista es la desmemoria que sufre por la terrible enfermedad que padece, ha mostrado su maestría Manuel Vicent en construir un inmenso puzzle en el que todas las figuras que fueron protagonistas de los primeros pasos de la democracia en nuestro país, con sus claros y oscuros, van perfilando en la memoria de Suárez el mapa de la Transición española y de los tiburones que nadaban en las turbias aguas del cambio político y la entrada de España en ese difuso mar de la democracia en la que los contornos se difuminan y nadie sabe bien quiénes son los depredadores y quienes las posibles víctimas.

Con una prosa deslumbrante, pero con una mordacidad, ironía y sarcasmo sabiamente medidos, Vicent va dibujando el perfil de personajes tan conocidos como son Francisco Franco, El Rey cuando aún era un príncipe inexperto y después de ocupar el trono, Carmen Diéz de Rivera, Jesús Gil, Fraga Iribarne, Tierno Galván, Tejero, Santiago Carrillo, Dolores Ibarruri “la Pasionaria”, Felipe González, Zapatero. Rajoy y un interminable número de personajes de los que ya han fallecido algunos y otros todavía ocupan un puesto en la vida política o la abandonaron por razones de edad o de votos.

Naturalmente, y como explica el propio autor en el epílogo de la obra, ha mezclado ficción con la verdad de los hechos, cargando la tintas en situaciones y personajes, -en eso consiste el esperpento como recurso literario, pues al aumentar, exagerar y colocar la lupa de aumento sobre personajes y hechos, esa misma exageración los hace grotescos y aparece el esperpento-, porque jugar con la ficción es un arma ineludible para todo novelista, pero esa ficción sólo la utiliza Vicent para explicar hechos, intenciones y actitudes con lo que consigue hacer llegar al lector la verdadera imagen de esos personajes tan populares, pero tan desconocidos; tan admirados por unos y odiados por otros, porque la política es el ámbito en el que nunca existen las medias tintas: o se aplaude a un personaje o se pide su linchamiento, sobre todo en España, país lleno de contrastes y sentimientos feroces y apasionados que no admite matices ni componendas.

El tiempo narrativo discurre lineal desde los últimos días de Franco, después de la muerte de Carrero Blanco, hasta el presente, y entre este mosaico de personajes van aflorando los que aparecieron en la vida pública de forma cronológica, pero sin olvidar también ciertas digresiones, a modo de saltos en el tiempo, para explicar antecedentes del personaje en cuestión que ayude mejor a comprender su trayectoria profesional o política; pero, sobre todo, su catadura moral.

Naturalmente, esta obra no va a ser del agrado de muchos que la calificarán de tendenciosa porque representa a una determinada ideología que se nota en muchas de sus páginas, ya que Vicent, al matiza los perfiles de cada personaje, va dejando notas indirectas de simpatía o antipatía por afinidad política.

Esta novela-ensayo, porque tiene elementos de los dos géneros, es una obra excelente, en la que el lector se ve envuelto en esos difíciles años en los que España salía de una dictadura y entraba en un nueva época en la que las ideas de antes ya no servían, ni las personas, ni las instituciones. Todo tenía que reformarse y empezar de cero en un país en el que el modelo antiguo dejaba paso a nuevos aires europeos, modernos y demócratas; pero, también, por la falta de costumbre de respirarlos, el pueblo español se sentía confuso, atemorizado por los atentados terroristas, e inseguro en ese nuevo ambiente de libertad, pero también esperanzado en que la nueva sociedad que se estaba construyendo entre todos fuera mejor que la anterior, aunque todos tenían sus dudas razonables sobre la viabilidad del proyecto democrático, dudas que el aumento del nivel de vida económico y social parecía disipar.

El título hace referencia a la mujer rubia de ojos cristalinos que fue la consejera personal de Suárez y su supuesta amante, la que le servía de mediación ante el Rey y quien le imbuía de ideas más modernas, europeas y acordes con el ambiente de democracia y modernidad que España empezaba a estrenar, siempre basculando entre los extremos que representaba el cambio político y la apertura democrática, los asesinatos de ETA y el pronunciamiento militar golpista de Tejero y secuaces.

Esta obra excelente, imprescindible su lectura para quien quiera conocer, en una sola y larga mirada, el calidoscopio siempre fascinante, intenso, cambiante, dramático, ridículo a veces, vocinglero, colorista y esperpéntico de aquellos difíciles años que instauraron la democracia en España, después de salir de una dictadura.

España era el país que aún se creía que era el último reducto de la espiritualidad de Occidente, cuando ya el mundo occidental había dejado de creer en Dios, la Patria, las monarquías y la solidaridad entre los pueblos, sobre todo entre los vecinos que son siempre los más peligrosos, para instalarse en un agnosticismo cínico, mercantil y prosaico. Todo ello porque Europa ya se había instalado en el ambiguo pero utilitario territorio de la Comunidad Económica Europea con deseos expansionistas, poblado por mercaderes, cambistas, brokers, delincuentes de guante blanco y conciencia sucia, jugadores a la ruleta rusa de los ladrillos y la especulación del suelo que no se preocupaban cuándo se dispararía la bala que rompería a la burbuja y sobre quiénes caerían los ladrillos, los cascotes y la ruina; además de los soplagaitas sin escrúpulos que soplaban y soplaban para inflar el globo de la inflación, del paro y de la ruina de décadas después.

Sobre todo, esta obra muestra la madurez narrativa, la definición definitiva de un estilo literario que se ha ido decantando en Vicent hasta un marcado tono esperpéntico, en lo que lo real y lo inventado se funden en un extraño cruce, ensamblaje que dota de indudable fascinación a la prosa de un escritor que ha llevado su estilo a las últimas consecuencias, porque ya no parece tener vuelta atrás y el esperpento como figura literaria se perfila muy nítidamente en la obra de este escritor que cuenta historias, la de todos, pero en su prosa parece salir sólo de su prodigiosa imaginación, a la que la vida, la historia y los personajes reales sólo sirven de pretexto.

 

Miseria y compañia (diario-memoria)

Miseria y compañia Andrés Trapiello Pre-Textos 404 págs.

Miseria y compañia
Andrés Trapiello
Pre-Textos
404 págs.

por Ana Alejandre

Este nueva publicación del autor forma parte de una colección de diarios que lleva publicando desde 1990, este es el número 18 del total y se puede considerar uno de los mejores publicados por Trapiellos. En esta ocasión, el año en cuestión es 2004, que sirve como telón de fondo temporal a toda la obra.

El género de los diarios, otra modalidad de las autobiografías, encuentra en esta obra sucesiva a modo de obra-río una nueva dimensión y alcanza auténtica categoría literaria porque abarca no sólo el género de diarios-memorias, sino también el de la crónica literaria, política social y cultural de su país, el nuestro y de nuestro tiempo y, además, muestra al autor-personaje central de la obra en su dimensión más íntima, personal y sincera.

El lector que se pregunte de qué habla este diario puede encontrar una respuesta múltiple y variada: las propias y personales experiencias de su autor contadas con el recurso de evitar la primera persona, utilizando el pronombre indeterminado "uno" con el que se identifica. Con ese término habla de cuestiones cotidianas, lecturas, textos que escribe, conflictos familiares, pero añadiendo comentarios sobre acontecimientos políticos, accidentes personales y familiares, enfermedades, rivalidades y un largo etcétera que sirve de telón de fondo espacio-temporal.

Además, hay un ingrediente especialmente interesante por lo enigmático que son personajes a los que llama "X" y "Z", escritores y periodistas, de los que realiza comentarios duramente críticos, y a los que reprueba desde artículos hasta acciones, pero sin que el lector pueda saber con certeza de quienes habla, a no ser que tenga especiales conocimientos del mundo literario y periodístico.

Esta alusión velada en cuanto al nombre, pero definitoria en cuanto a las aceradas críticas que realiza sobre dichos personajes que permanecen siempre en la sombra velada de sus nombres nunca dichos, puede ser el ingrediente que ha hecho tomar un nuevo giro y ha aumentado considerablemente el interés de estos diarios publicados por entregas sucesivas, porque añaden una enigmática variante declaradamente crítica y hostil hacia quienes no nombre pero sí alude con dureza.

Por ser el año 2004 especialmente dramático en la historia de España, por los terribles atentados de Atocha, de los que el autor hace mención detallada de las primeras impresiones y la confusión sobre su autoría, este año tiene especial interés para el autor y el lector, ya que trae a la memoria los sangrientos hechos que llenaron al país de dolor y conmoción ante la carnicería que produjo una confabulación política que aún no se ha llegado a descubrir, pero que la Historia pondrá en claro algún día aunque sea lejano en el tiempo.

Esta vuelta atrás, en los recuerdos e impresiones de un escritor que nos trae todo los hechos y vivencias lo que conformó su vida personal y, en ciertos temas, la de todos los españoles, es lo que subyuga de esta nueva entrega del diario de un escritor que ha convertido este género minoritario en una fuente de creación literaria, porque se convierte, a través de su memoria, en el espejo de la memoria de todos que volvemos a asistir, a través de las páginas de este diario, los terribles sucesos de un año aciago para España que ha quedado grabado en el recuerdo de todos los españoles con tintes trágicos.

También nos ofrece la parte más intima de Trapiellos que nos narra los sucesos dolorosos de su vida personal, sus emociones e impresiones, que muestran el verdadero rostro de un intelectual sincero y honesto que nos sigue ofreciendo su verdad a través de estos diarios que vienen a ser, en ciertos aspectos, la memoria colectiva de un pueblo de ese aciago año 2004, en forma de crónica relatada por ese "uno" que, en muchos aspectos, somos todos.

Muy aconsejable su lectura, desde luego

 

El castillo de la princesa y...(relatos)

El castillo de la princesa y del príncipe alquimista
(Cuentos del Castillo)
Julia Sáez-Angulo
radución al inglés:María Tecla Portela Carreiro
Ilustraciones: Juan Jiménez
Liber Factory
Madrid, 2013, 149 pp.

por Ana Alejandre



Esta colección de relatos brevísimos o microrrelatos, 35 en total, tienen como nexo en común que narran la vida en el castillo de la princesa Lothilde de Somont y su marido, el príncipe alquimista, aunque, como dice su autora, "sus vidas se desenvuelven con holgura y con sabor medieval, renacentista, ilustrado o del siglo XXI". Es decir, aunque tiene resonancias del pasado, no por ello resultan anacrónicos, sino que pueden ser muy actuales porque hablan de la vida de unos personajes que podrían haber existido en el pasado o ser coetáneos nuestros.

Cada cuento, siendo independiente, es una mirada a un momento determinado de la historia de ficción que cuenta y presenta a los personajes que la protagonizan, incidiendo en un determinado aspecto de la historia narrada, o bien fija la entrada en escena de un personaje nuevo. Todo ello con un texto preciso y conciso, utilizado ´terminos arcaicos o en desuso para adecuarla a la época en la que, supuestamente transcurre; lenguaje en el que se advierte el largo oficio de periodista de su autora en cuanto a la concreción de un texto periodístico, con el que se plantea una determinada escena y los hechos de quienes la protagonizan, pero siempre con un final abierto o inconcluso que deja al lector la posibilidad de entresacar sus conclusiones o buscarle un sentido al discurso narrativo planteado que le haga comprender el sentido oculto, a primera vista, de cada relato y su significado global dentro de la obra.

Esta obra es bilingüe, y su traducción al inglés está realizada por María Tecla Portela Carreiro, además de ofrecer unas ilustraciones de Juan Jiménez que acompañan visualmente cada escena que representa cada relato, dándole una expresión visual que complementa al texto y lo enriquece.

A los lectores podría extrañar que su autora haya elegido un tema, unos personajes y una época anacrónicos -idea que refuerzan las ilustraciones que le acompañan y que están basadas en un tiempo histórico ya pasado-, no por ello deja de tener actualidad lo narrado, porque un lector avezado podría encontrar sugerencias actuales y personajes de la realidad más cercana que están matizados u ocultos en la narración bajo ropajes y costumbres de tiempos pretéritos, pero que narran una historia subyacente y oculta bajo la narrada que explica hechos, situaciones y personajes que cuentan "otra historia", aunque no menos enigmática en su planteamiento para quienes no saben los registros usados por la autora, que la que se narra en esta colección de relatos, y que el lector tendrá que desgranar -si tiene las claves adecuadas-, para poder entenderla, dando con ello sentido a la historia primera o explícita en estos relatos.

No esperen los lectores encontrar en estos cuentos una muestra de los relatos artúricos sacados de la Historia Regum Britanniae, del escritor inglés Godofredo de Monmouth, del siglo XII, con sus personajes el Rey Arturo, su caballero Lancelot du Lac, y Ginebra; entre otros, que dieron pie a la saga artúrica; ni tampoco una muestra de relatos como los que componen el Decamerón de Boccaccio, del siglo XIV, que en sus cien relatos que lo componen hace un mosaico ingenioso y mordaz de su época. Tampoco está inspirada en Los cuentos de Canterbury, del escritor inglés Geoffrey Chaucer, que hace una aguda exposición de la sociedad inglesa del siglo XIV. No, no existen resonancias de ninguna de ellas, porque todas estas obras literarias fueron escritas en las épocas que reflejan por quienes vivieron en ellas. El Castillo de la princesa y del príncipe alquimista es una obra intemporal, que figuradamente transcurre siglos atrás, pero no deja de tener su propio reflejo en la sociedad actual, porque su autora no quiere reflejar, juzgar o criticar una época, en la que se sitúa la acción aparentemente, ya que no es ninguna concreta y pueden ser todas, como afirma ella misma en el prólogo.

Es por ello que el lector, los lectores, tendrán que leer los Cuentos del Castillo -segundo título de esta colección de relatos-, para poder conocer la vida de la Princesa Lothilde y su marido, el príncipe alquimista, pero también para llegar a comprender qué tienen de actuales, de relatos del siglo XXI, porque sólo cuando se comprende una obra, se puede disfrutar de ella y juzgarla con el siempre inapelable juicio de todo lector a quien le compete darle sentido, valor y coherencia.

Una colección de relatos de lectura imprescindible para llegar a conocer todo el caudal creativo y talento narrativo de su autora de lo que es una válida muestra.

 

Las presentaciones de libros

Las presentaciones de libros: ¿es válido su formato actual?

Ana Alejandre

Las presentaciones de libros antes de la era digital y su enorme influencia, era la forma de hacer llegar las novedades editoriales a los lectores, además de presentar a nuevos valores literarios o las obras recientes de autores muy consagrados que siempre tienen una gran afluencia de público, seguidores a ultranza de los escritores que, por su fama ya consolidada, no necesitan más publicidad, pero su presencia anuncia cuantiosas ventas a la editorial que con ello refuerza así las otras herramientas de publicidad y asegura ventas millonarias.

Sin embargo, últimamente, la mayoría de las más importantes editoriales españolas han dejado de utilizar este reclamo publicitario que supone toda presentación de libro, porque siempre iba acompañada de un cóctel que aumentaba los gastos, además del alquiler del local, en ocasiones, lo que dejaba poca ganancia a la editorial, sobre todo ante la bajada en las ventas de libros y la poca afluencia de público, en general, sin contar los casos de escritores muy reconocidos, por lo que no resultaban rentables, con la excepción ya comentada.

En la actualidad, las editoriales prefieren convocar firmas de libros en librerías y grandes almacenes cuando el autor ya tiene un renombre que asegura la afluencia de público y las consiguientes ventas, sin ningún coste añadido, porque la librería vende los ejemplares y se lleva su correspondiente comisión, y pone el local, lo que rentabiliza dicho acto de firma y, si no acudiera mucho público, tampoco habría más pérdidas ocasionales que la de los ejemplares no vendidos en dicho acto de firma que seguirán en la librería para su posterior venta.

Todo ello hace que, quitando la firma de libros y la presentación de obras de autores consagrados ante los medios de comunicación y el público siempre fiel que los sigue, las presentaciones de libros se han quedado sólo para autores menos conocidos o, incluso, noveles, que sufragan los gastos de dicha presentación a la que sabe que acudirán familiares, amigos y conocidos y se llenará el local de actos, con la consiguiente venta de ejemplares que puede cubrir dichos costes o casi, pero le sirve también de publicidad para difundir y vender su obra con el método siempre infalible de las recomendaciones de dichos familiares y amigos (cuando la obra lo merece, claro está) entre su círculo de relaciones, lo que suple así la falta de publicidad que sólo las grandes editoriales pueden hacer de sus publicaciones.

Ahora bien, en España las presentaciones de libros son muy poco atractivas para el público en general, porque los asistentes suelen aburrirse al oír sólo una colección de elogios del presentador o presentadores de la obra, -amigos escritores del autor presentado-, y, después, tiene que escucha al autor referir su labor de creación y las dificultades que ha tenido al escribir la obra, en la mayoría de los casos, quedando así la presentación en un intercambio de elogios, agradecimientos y exposición de las tribulaciones sufridas por el escritor que aburren a los asistentes al acto, quienes sólo miran el reloj para salir del local y terminar ya con semejante "rollo", siempre repetido.

Este formato, tradicional en España, además de aburrido y obsoleto, no sólo aleja a los lectores de las presentaciones, sino que, además, a eso ayuda la actitud de algunos escritores ahorrativos o "despistados" que, para ahorrarse unos cuantos euros al no querer pagar aunque sólo fuera una copa de vino "peleón" para ofrecerla como cortesía a sus invitados al acto, en otro gesto debido de compensación a las muchas molestias de quienes asisten al mismo -haberse desplazado hasta allí, haberle dedicado unas horas, comprarle un ejemplar de su obra, y haber renunciado a hacer otras cosas en esos momentos, aunque sólo sea quedarse en casa tranquilamente-, una vez acabada la charla del presentador o presentadores de la obra y la del propio autor, les dicen a los asistentes al despedirlos que "muchas gracias por su asistencia" y sólo le faltaría añadir "y aquí se acabó lo que se daba", aunque quien ha dado todo ha sido el público asistente: generosidad (al comprar la obra), paciencia (para oír los siempre aburridos elogios del presentador y agradecimientos y demás confesiones del autor y su falta de capacidad de oratoria, en muchas ocasiones) y aguante para aceptar todas las molestias que eso conlleva. Por ese motivo, los asistentes al acto, sean familiares, amigos, conocidos o simples curiosos, cuando salen de una presentación en la que ellos tienen que ponerlo todo - molestias, dinero y tiempo-, pero sin recibir ni una aceituna a cambio, piensan para sí mismo "a la próxima presentación va ir tu abuela".

En otros países como Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, por citar sólo algunos, las presentaciones son diferentes y se ahorran los elogios y los discursos, porque consisten en lecturas de la obra hechas por el propio autor o acompañantes al acto, para que los asistentes sepan algo de la obra presentada y así puedan dialogar y preguntar al autor, al menos conociendo un poco de dicha obra, cosa que en España no se hace nunca, porque sólo los asistentes al acto oyen "hablar" de la obra, pero no la "oyen" en la voz de su autor o de otros participantes en el acto, lo que la validaría, o no, ante los posibles lectores que después tendrán ya una idea sobre la obra, suficiente para tomar la decisión de comprarla y leerla, o bien, ahorrarse el dinero y el aburrimiento.

Me voy a permitir añadir, como ejemplo de lo dicho, que en las presentaciones de mi última novela, quise introducir como novedad (novedad la que ha sido muy felicitada, por cierto) -todas las presentaciones las hago de forma distinta, precisamente para evitar caer en el tedio del que antes hablo- la actuación de dos actores (hombre y mujer) que leían parte de la obra, dando así voz a los personajes para que los asistentes pudieran conocer, a través de ellos, un poco de la trama de la novela y de sus personajes. Se muestra la invitación a uno de dichos eventos, en la que se puede comprobar la veracidad de lo aquí dicho.

Es por ello necesario que editoriales y autores -sobre todo estos últimos que son los que realizan las presentaciones de libros en la actualidad, salvo excepciones cada vez más escasas-, se den cuenta de que no se puede tener "audiencia" sólo ofreciendo una serie de elogios de la obra por quien la presenta, de agradecimiento por parte del autor y de explicaciones de su proceso de escritura; y que la obra, la gran protagonista, quede en último lugar, como una estrella apagada, porque todo el brillo se lo lleva el escritor, sus acompañantes en la mesa, y el interés lo pongan únicamente los asistentes al acto, o sea, los futuros lectores. El escritor o la editorial (lo que es más raro) tienen que ofrecer algo más a quienes acudan al acto, a no ser de escritores cuya fama trasciende fronteras, porque de lo contrario no puede esperar que asistan muchas personas, venda muchos ejemplares y le hagan publicidad después en forma de recomendaciones.

He asistido a presentaciones, algunas de escritores muy conocidos y, por ello, muy concurridas; y, otras, de escritores menos famosos, más o menos concurridas por el círculo personal y profesional del autor, (sobre todo de este último por temor a las represalias del escritor hacia los "disidentes") donde, además de no haber un detalle hacia los asistentes al acto, la presentación en sí ha sido tan aburrida como la propia obra. Los comentarios que se escucharon después fueron demoledores, cuando terminado el acto los asistentes se marchaban enfadados, diciendo frases como "Además de ser la obra una birria, ni siquiera nos han ofrecida ni un vaso de agua".

El lector ya pone bastante con comprar un ejemplar y asistir al acto -aunque le gustaría hacer otra cosa en ese instante o estar en otro sitio-- y es quien promueva el acto de presentación (autor o editorial) quien tiene que rascarse el bolsillo y ofrecer algo más que una obra que aún no conoce nadie por no haberla leído y tiene que aceptar que es "buena", por lo que dicen presentador y autor -en un acto de credulidad y buena fe que siempre es de agradecer -, y ofrecerle un gesto de cortesía en forma de divertimento y novedad en el formato de la presentación, cóctel, copa de vino, etc., y si el local donde celebre el acto no lo permite, puede regalar un ejemplar a cada asistente (por la publicidad que le pueda hacer después); o bien cobrar el ejemplar de su obra a precio de coste -que no suele superar los cuatro euros-, al menos, en justa compensación por las molestias, la atención, el interés y el gasto que han realizado los asistentes, quienes han puesto así en evidencia que son leales a quien quiere sólo las ganancias -si las hubiera-, pero no las pérdidas.

De esa forma tan "económica" en formato y gastos, sólo se pierden afectos familiares, amigos, conocidos y, sobre todo, lectores. Y ese sí que es un mal negocio para la editorial y el autor porque, por ahorrar unos pocos euros -si es al autor quien organiza la presentación-, además de perder lectores, gana la fama de tacaño y ésa sí que es difícil de perder y lo que es peor, que quien tiene que dar su tiempo y sufrir las molestias, además del gasto que supone comprar un ejemplar, se preguntará ¿y a mí qué me da el autor a cambio de la asistencia que me pide?. La respuesta es obvia: nada. A esa respuesta, sólo le corresponde otra por parte del invitado al acto:" Pues que vaya su tía". Esa tía que también dejó de ir porque no le compensaban las molestias y el gasto para recibir sólo la supuesta maestría literaria de su sobrino (en la que sólo cree el mismo) como pago a sus desvelos. Quizás, sea esa, la fama de tacaño e interesado, la única ganancia imperdible entre tantas pérdidas seguras de lectores, amigos y lealtades familiares, y las consecuencias se verán reflejadas en el futuro, cuando realice otras presentaciones y se extrañe porque nadie acuda a ellas.
Las presentaciones de libros, dirán algunos, son únicamente actos culturales sin más, por lo que no obligan a ninguna otra cosa que presentar el libro en cuestión, olvidando que son actos publicitarios de un bien cultural como es el libro, pero también es un bien comercial y, por ello, debe ajustarse a las reglas de la mercadotecnia y la publicidad si quiere ser vendido, difundido y promocionado En las presentaciones de cualquier producto comercial, se ofrecen regalos a los asistentes o cóctel o copa de vino español y se incentiva al posible asistente a que acuda al acto, para después intentar venderle el producto presentado y publicitado. Lo que también hacen las galerías de arte y los artistas al presentar sus nuevas exposiciones, siendo la puntura y la escultura un bien cultural también.

Eso mismo debería suceder con las presentaciones de libros, porque no hay que olvidar que quienes asisten a las mismas no lo hacen por amor a la literatura (serán siempre los menos y escasos en su importancia numérica), sino por otras cuestiones como son el afecto familiar, la amistad, la conveniencia profesional o laboral, simple curiosidad, y cualesquiera otras motivaciones ajenas a la literatura. Ya de por sí la venta de libros ha bajado considerablemente en España y en otros países, por eso hay que crear incentivos para la asistencia al acto de presentación de un libro, tanto en el formato mismo del acto, evitando el aburrimiento de los asistentes, como en el agasajo a los invitados con una copa, cóctel, descuento en el ejemplar a vender,etc., según las posibilidades económicas de quienes lo promueven. No hay que olvidar que, aunque estamos en la tierra de don Quijote de la Mancha, el quijotismo pasó de moda por no ser práctica habitual en nuestra sociedad y el asistente a un acto de este tipo le molesta que lo tomen, además de posible lector y comprador de la obra, por primo.

El escritor tiene que agradecer siempre tener lectores y para ello, no debe olvidar lo que dice el viejo refrán:"Es de bien nacidos ser agradecidos", y no hay mejor forma de agradecer el interés y la asistencia a un acto de presentación de un libro que darle a los asistentes algo más que literatura (buena, mala o regular). La forma en que lo haga dependerá de cada uno, según su ingenio, capacidad o ganas de esforzarse, pero ese detalle hacia el asistente lo motivara a asistir a ese acto y a los futuros y, además, le animará a leer a un escritor que le tiene en cuenta no sólo para que le compre un ejemplar y le infle su vanidad de autor, sino también como alguien merecedor de recibir de su parte la misma atención que él le dedica al escritor, asistiendo a sus convocatorias de presentaciones de sus obras literarias.

El autor (y el editor que le publica) no debe olvidar nunca que sin lectores el escritor no es nadie y, de esta forma, el negocio se irá a pique, aunque se crea un genio de la literatura y, por ello, piense que no tiene nada más que ofrecer que su obra como compensación al interés del lector. Todo lo contrario, debe cuidarle con mimo y atención en justa reciprocidad, si no quiere quedarse solo con su supuesto talento narrativo que debe demostrar a través de su obra que juzgarán los lectores; pero ésta debe ir siempre a la par con su gratitud hacia ellos que serán siempre sus mejores y más eficaces valedores y críticos más implacables.

 

La soledad de los muertos

Ana Alejandre

Desde hace tiempo cuando asisto a un entierro, aunque más bien habría que decir que a una cremación por lo solicitada que está esta opción, tengo la extraña sensación de que en vez de estar en un solemne acto de despedida a un fallecido que realiza ya su último viaje sin retorno, asisto a un simple acto burocrático que tienen todas las connotaciones de frialdad, asepsia, falta de emotividad y naturaleza de puro trámite.

Los asistentes al tanatorio sólo pueden ver durante unos minutos al fallecido -si es que llegan pronto y aún no han retirado el cadáver para llevarlo hasta el horno crematorio-, y siempre detrás de un cristal, con la sensación de lejanía que esa circunstancia provoca, mientras los demás asistentes al acto se alejan de la pequeña sala donde está expuesto el cadáver y se van al exterior con el pretexto de fumar un cigarrillo, tomar el fresco o estirar las piernas por los largos corredores que existen en los distintos tanatorios que ofrecen siempre la entrada de un hotel de lujo por sus instalaciones, en las que no falta el abundante espacio y los diversos salones decorados con la impersonalidad de todo establecimiento público, donde pueden estar los acompañantes de quien ya está más allá de la frontera que separa la vida de la muerte.

La muerte, fenómeno natural que es el contrapunto de la vida que se extiende como un arco entre el nacimiento y la muerte, siempre fue tratado en las diferentes culturas y épocas con el carácter de sagrado que tiene siempre los misterios que nos atañen a los humanos, porque no hay mayor misterio que ese extraño fenómeno que siempre representa la muerte, tan temida y tan esperada por su inevitable devenir.

Sin embargo, en esta sociedad actual, la muerte ha perdido su sacralidad para convertirse en algo molesto, oscuro, funesto y rechazable que hay que tratar con total frialdad y desapego, como un trámite necesario pero desagradable que sólo se puede agilizar tratando de hacer realidad el dicho "quitarse el muerto de encima" que en este caso no puede ser más cierto, pero procurando hacerlo con la mayor celeridad y asepsia posibles, como si el hecho de tener al fallecido cerca, recordara a todos los que lo rodean la propia naturaleza de mortal y, por ello, su presencia se hace molesta y agorera.

El hecho de la rapidez con la que se produce actualmente la cremación especialmente, hace que ese acto - antes solemne de despedida al muerto, pésame y compañía a los deudos del fallecido-, se convierta en algo desprovisto de ese calor humano que siempre ha existido en los entierros, en los que se rezaba por el muerto y se consolaba a sus familiares con la compañía que confortaba a los deudos desconsolados y también se acompañaba al cadáver con rezos y plegarias durante largos velatorios, con los que querían acompañarlo para que su entrada en el más allá fuera lo más benéfico posible para el eterno descanso de su alma -en el supuesto de los creyentes, y en el de los descreídos, la compañía de los asistentes durante las 24 horas preceptivas antes de enterrar al fallecido, servía de consuelo para los familiares del muerto, antes y durante el entierro, aunque no hubiera rezos ni plegarias.

Ahora, cuando asisto a un entierro, o sobre todo a una cremación, siento que estoy en un acto social carente de toda emoción, frío, indiferente, por la frialdad del lugar como es todo tanatorio, a lo que se suma la posibilidad de alejarse de la capilla ardiente del finado con cualquier excusa, a lo que ayuda el reclamo de la cafetería que incita a los asistentes a ir a tomar un café o una copa, por lo que hay un ir y venir continuo de los asistentes, en un trasiego que impide que se cree el clima de duelo y emoción natural y acorde con la situación dramática que es toda muerte

Todo esto hace que los "entierros"- para seguir llamándolos de dicha manera tradicional-, sea una ceremonia desbaratada, fría, ausente de toda emoción, de todo calor humano, en la que la expresión de las emociones, de los llantos, de la tristeza natural en estos casos, parece que está vedada, prohibida y tácitamente descartada por los propios deudos del muerto y de los acompañantes, porque parece que no existe en todos más que el deseo de terminar cuanto antes , con tan fastidioso trámite del entierro sin mayores manifestaciones de dolor, porque ha pasado de ser un acto solemne y sagrado a convertirse en un acto fastidioso, gris, anodino y aséptico.

Decía el poeta romántico Bécquer "Qué solos se quedan los muertos" y habría que añadir que especialmente ahora, cuando son despedidos sin rezos, sin lágrimas, sin emoción, por las prisas por abandonar la sala del tanatorio porque está esperando otra comitiva fúnebre para despedir a su muerto; por la vaciedad de esta sociedad hedonista en la que todo lo que es vida, juventud, placer, comodidad y egoísmo es aceptable y deseado, pero la muerte y su proximidad se conjura con la prisa por enterrar a los muertos que se quedan así doblemente solos, abandonados y olvidados por no haber tenido una ceremonia de despedida en la que sus más allegados le hayan demostrado amor, afecto, nostalgia, pena y llanto por su muerte, por su pérdida ya irreparable.

Ahora los muertos son despedidos rápidamente, como si fueran trastos inútiles, inertes, fastidiosos que recuerdan a todos con su presencia indeseada la evidencia de la mortalidad, la fugacidad de la vida y la inutilidad de todo esfuerzo del ser humano por olvidar que en la moneda que hay que dar al barquero Caronte, para que pase al difunto a la otra orilla, hay dos caras: una que representa a la vida y, otro, ala muerte, sin que se pueda borrar esta última porque le da sentido, coherencia y valor a la propia vida.