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Ana Alejandre (Entre Líneas)

Palabras encadenadas

Septiembre de 2012

El paso del tiempo al compás de las noticias

por Ana Alejandre


Si hay algo que marca frenéticamente el paso del tiempo es el aluvión de noticias que los medios de comunicación: prensa, radio, televisión e internet nos ofrecen de forma vertiginosa e incansable, por lo que la noticia de ayer ya es hoy algo completamente obsoleto, a no ser que haya nuevas noticias al respecto del asunto del que se trate y que, por ese motivo, le sigan dando el cariz de “novedad”, de la que carecería si hubiera sido una noticia cerrada y completa en los hechos que la propician.

Por eso, el mejor calendario, el más implacable en la demostración de la fugacidad del tiempo y de la propia actualidad, en el sentido puramente periodístico, es el propio muestrario de noticias que los diversos medios de comunicación nos ofrecen a todas horas sin descanso y nos hacen sumergirnos a los lectores, oyentes o televidentes, en esa vorágine de sucesos, en la mayoría de los casos luctuosos o no agradables, que nos hacen estar siempre conscientes del inevitable paso del tiempo que nos arrastra a todos vertiginosamente en la espiral enloquecida en la que la sociedad de la comunicación se encuentra atrapada, sin que seamos conscientes de que esa misma velocidad creciente nos engulle a todos en el propio vacío de una realidad que, por efímera, nos consume y aniquila, sin darnos un minuto de respiro.

Se pone así en evidencia que el tiempo y su transcurso tiene valores subjetivos, por eso de que un minuto puede parecer una hora cuando se sufre o se espera; y una hora puede parecer un minuto cuando se experimenta una sensación de gozo o felicidad. Sin embargo, en la sociedad actual en la que la actualidad se crea y propaga a través de los diversos medios de comunicación, el tiempo se relativiza aún más, al compas de las diferentes noticias que se suceden, minuto a minuto, haciéndonos creer a todos que el tiempo en el que vivimos no es el que marca el reloj, sino el que marca la rabiosa actualidad que es sustituida horas más tarde por otra y así, sucesivamente, hasta la náusea. La percepción de tantos sucesos de toda índole es la que produce, inevitablemente, la sensación de vértigo, de que el tiempo cada vez corre más deprisa, arrastrándonos a todos en su loca carrera, cuando sólo es nuestra propia mente la que acelera su mecanismo de percepción, comprensión y asimilación para poder así digerir el caudal de noticias, de sucesos, que nos bombardean constantemente los sentidos, distorsionando la percepción del tiempo que parece acortarse, a medida que el reguero de noticias sucesivas parece alargarse infinitamente.

No hay nada mejor para comprobar la veracidad de esta afirmación que intentar estar unos días “desconectado” de la actualidad, de todo tipo de comunicaciones, empezando por el teléfono, internet, televisión, radio y prensa, para empezar a saborear la gratificante sensación de que las 24 horas del día son tales y dan tiempo para hacer mucho o no hacer nada, pero disfrutando del paso del tiempo, minuto a minuto, y poder así darse cuenta de que el tiempo no es el que se acelera cada día más, sino somos nosotros los que, al vivir desconectado de las noticias del mundo exterior, empezamos a descubrir la extraña sensación, al principio, de que si nos paramos a gozar de cada instante, el tiempo pasa a ser nuestro mejor aliado y no nuestro peor enemigo que nos engulle y devora.

Para esta satisfactoria experiencia la mejor época es la de las vacaciones, cuando cada uno se libra de las obligaciones laborales, académicas u ocupacionales y se puede hacer a sí mismo el mejor regalo que es siempre pararse a vivir al compás del tiempo sosegado y constante en su discurrir y no en contra del mismo, queriendo ganarle una carrera de la que siempre será el tiempo el ganador absoluto, a pesar de los absurdos afanes del ser humano para ganarle la partida, a fuerza de querer vivir al compás vertiginoso de una actualidad que sólo vive unos minutos como tal, para ser reemplazada por otra y otra, sucesiva y vertiginosamente. Mientras, vamos perdiendo el tiempo tratando de “estar al día”, cuando lo que hacemos sólo es dejar de vivir cada día, cada minuto, fracciones de tiempo irrecuperables, dejándonos llevar por la corriente que marcan las noticias, la novedad del momento, la palpitante actualidad que nos arrastra, sin que sepamos bien por qué y para qué y, sobre todo, adónde nos lleva la loca carrera por ganarle tiempo al tiempo, a costa de intentar hacer más cosas y vivir más intensamente en el menor tiempo posible, olvidando, simplemente, vivir de verdad el tiempo que se nos ha dado y que perdemos en esa loca carrera que, desde los medios de comunicación, se nos impone con la oferta continua de noticias, novedades y sucesos.

Estar informados sí es necesario, pero que el exceso de información del exterior no supla el conocimiento de la propia realidad vital y de la necesidad inexcusable de vivir la propia vida con el ritmo temporal que cada situación ofrezca y dando valor a lo que, de verdad, lo tiene. No se puede dejar de leer libros “por falta de tiempo”, excusa frecuentemente oída, mientras se pasan horas ante el televisor viendo “programas basura” o sin ningún interés, por ese falso prurito de estar “informado”. Ni se puede dejar de vivir la propia vida por exceso de interés en saber de la ajena, en una constante búsqueda de las últimas noticias que no es otra cosa que una huída constante de uno mismo y de la propia realidad a la que se teme llegar a conocer y, por ende, tener que enfrentarse a ella.

El discurrir del tiempo siempre es el mismo, pero es cada uno el que le da el ritmo que desea con mil y unas excusas que propicia la propia sociedad altamente informada y comunicada en la que estamos inmersos; quizás, porque de esa forma impedimos “tener tiempo” para saber cada uno quién es, qué quiere y adónde quiere llegar, porque esas cuestiones o preguntas quedan tapadas por el tupido velo de las noticias, de esa supuesta “actualidad” que impiden pensar y ser conscientes de la propia realidad, la única que de verdad importa, interesa y es necesaria conocer para no convertirse en un mero espectador de vidas y hechos ajenos, pero ajeno a la suya propia y a la actualidad real que toda vida en su discurrir comporta.

Introducción

son muchos los libros leídos en estos meses, pero entre ellos destaco estos tres que siguen a continuación por su calidad literaria y por el interés que ofrece la obra para todo lector interesado en la buena literatura y el ensayo riguroso.

Pájaro sin vuelo

Pájaro sin vuelo, Luís Mateo Díez Alfaguara Madrid, 2011,

Pájaro sin vuelo,
Luís Mateo Díez
Alfaguara
Madrid, 2011,

porAna Alejandre



En esta nueva obra de Mateo Díez se encuentran los ecos propios y personalísimos de este autor excepcional, escritor contemporáneo pero que está considerado como un clásico moderno por su depurada prosa, por su estilo intemporal pero plenamente actual, lejos de las modas y las esclavitudes editoriales narrativas, con un lenguaje depurado que se convierte en un protagonista más de la propia narración, lo que la convierte en un valor seguro dentro del paupérrimo panorama editorial español, a pesar de las continuas novedades que sólo duran pocos meses, porque el único valor que aportan es, precisamente, su novedad, lejos de cualquier calidad literaria.
Mateo Díez es un escritor universal, a pesar de que no es de los más publicado y traducido en el extranjero, pero su obra tiene profundos ecos que hablan de calidad narrativa, de estilo depurado y de la creación de un universo personal y geográfico que le dotan de una extremada y singular personalidad literaria que le hace difícilmente olvidable al lector que se engancha con la pureza del lenguaje que utiliza Mateo Díez y el estudio incisivo, profundo y revelador del universo mental de sus personajes.
Pájaro sin vuelo es la última obra publicada de este prolífico escritor,y en ella existe también un territorio donde transcurre la obra que, por cotidiano, se vuelve más nítidamente revelado al lector que asiste, estrechamente identificado con lo narrado, al proceso de alineación, desolación y pérdida de toda identificación volitiva del personaje central, Ismael Cieza, triste, patético y pusilánime. A través de su narración, el lector se va identificando, más bien, reencontrándose a sí mismo en la cotidianidad gris del personaje, con ese ser envuelto en la triste pátina de la cotidianeidad que da el único halo de posible grandeza a su protagonista y demás personajes que la pueblan, seres grises, sin grandes rasgos distintivos, pero en los que se puede encontrar algunos esbozos de heroicidad, la única posible en la sociedad actual en la que la épica se ve reflejada débilmente en la lucha de cada individuo para sobrevivir en la sociedad alienante que asfixia cualquier deseo o intento de grandeza, de autorrealización.
El tiempo narrativo se desenvuelve en un solo día de la vida de su protagonista, tiempo muy corto y circunscrito a las veinticuatro horas en las que se resume, a modo de ejemplo, la vida cotidiana de un ser normal, anónimo como tantos otros, encerrado en la vida urbana de una pequeña ciudad de provincias en la que se siente constreñido en la vulgaridad del entorno, en el hastío de unos estrechos límites físicos que parecen también limitar su voluntad, su ánimo decaído por la inevitable labor de zapa del tiempo.
Esta novela es como un mascarón de proa que emerge poderosa y majestuosa, en su calidad narrativa, tanto en el fondo como en la forma, de las procelosas aguas editoriales en las que hay demasiados títulos irrelevantes que se ofrecen continuamente para llenar con la abundancia de los mismos la escasez de verdadero talante narrativo, el que sí tiene y demuestra en cada nueva obra publicada este escritor leonés que hace una brillante reflexión sobre la condición humana, la aparente vulgaridad de unas vidas anónimas en las que existen también notas de grandeza y sobre las que teje la incansable araña del tiempo su labor de acoso y derribo de ilusiones, proyectos, voluntades y sentimientos. Su lectura sosegada, a pesar del pesimismo esencial en todas las obras de Mateo Díez, pone en evidencia que la literatura no puede cambiar nada de la realidad, pero sí ayuda a explicarla, a entenderla mejor y, por ende, a asumirla cuando está escrita con la maestría con la que Mateo Díez lo hace, arrojando una luz clarificadora a las sombras que toda vida anónima y vulgar, dotándola así de un halo de autenticidad y cierto heroísmo.
La buena literatura es el mejor espejo que refleja la sociedad, sus contradicciones, luces y sombras, ayudando con su imagen reflejada a ensanchar horizontes mentales a los lectores que ven reflejada en ella la vida, a pesar de ser obras de ficción, que discurre por ella con la verdad, la melancolía y la insatisfacción que toda vida encierra.
Excelente novela, Pájaro sin vuelo, que muestra la evolución literaria de su autor que va consiguiendo pasar del realismo descriptivo que ofrecen sus primeras obras, al universo simbólico, a pesar de lenguaje realista, en el que confluyen lo onírico, lo imaginativo, y el constante debate entre la cruda realidad de los hechos y el surrealismo de los deseos humanos siempre insatisfechos.

La civiliización del espectaculo, de Vargas Llosa

La civilización del espectáculo Mario Vargas Llosa Alfaguara Madrid, 2012, 226 págs.

La civilización del espectáculo
Mario Vargas Llosa
Alfaguara
Madrid, 2012, 226 págs.

por Ana Alejandre

Esta nueva obra de Vargas Llosa, un ensayo escrito con todo rigor, sin menoscabo de la amenidad que corresponde a un libro dedicado a todo tipo de lectores, comienza con el pronunciamiento de T.S. Elliot, de 1948, Notes Towards of Definition of Culture en el que el mencionado autor no sólo intenta definir lo qué es cultura, sino que critica la cultura de su tiempo y vaticina su declive progresivo. Vargas Llosa afirma que lo que el propio T.S. Elliot ya anunció ha llegado a cumplirse en nuestro tiempo.

hace un análisis demoledor, pero siempre lúcido, de la sociedad actual a la que denomina al igual que el título de esta obra y que, desde la primera página, seduce al lector, aunque también ha tenido detractores entre algunos pseudo críticos que tienen la mentalidad propia de quienes están magistralmente retratados en la obra de referencia, por seguir a los “popes” del postmodernismo que han propiciado el fenómeno cultural al que Vargas Llosa denosta y que da nombre a esta obra esencial para quien desee conocer cuáles son los párametros culturales de la sociedad actual.

Vargas Llosa hace un detallado análisis de cuáles han sido los factores que han determinado la entronización de esta “civilización del espectáculo”: desde el periodismo, con la inmediatez de noticias que ofrece de forma instantánea y simultánea a los sucesos que relata, en una continuidad apabullante que golpea la retina del espectador en una sucesión continua de imágenes y palabras que aturden y son imposible de retener, haciendo que la noticia en sí sea cada vez menos importante, a pesar de su magnitud en términos de tragedia, porque es sustituida por las sucesivas y simultáneas, en una continua avalancha de proporciones gigantescas; hasta la democratización de la cultura que ha tenido un efecto contrario al deseado, porque en vez de hacer llegar la cultura a todos, sin tener en cuenta la procedencia de clases sociales y económicas, quitando así su detentación a las clases dominantes, ha sustituido el acervo cultural que estaba formado por el arte, las ciencias, la literatura, y las disciplinas llamadas humanidades (filosofía, historia, filologías latina y griega, mundo clásico, etcétera) hoy casi desaparecidas de los planes de enseñanza, ofreciendo a cambio una amalgama confusa de conocimientos en la que todo es cultura y nada lo es, desde el el folclore de una región, las fiestas populares, la música rock, el argot o jerga de determinados grupos sociales, la gastronomía de un lugar, los comics, el grafitty, el fútbol, los videojuegos, etcétera, por nombrar sólo unos cuantos, olvidando el poso de conocimientos y saberes que han conformado el acervo cultural de Occidente, que son el origen de nuestra civilización, necesarias para comprender el mundo que vivimos hoy y de dónde venimos. Las humanidades, es decir, la literatura, filosofía, historia, latín, griego, historia del arte, etc., han desaparecido de los planes de estudios para ser sustituidas por las disciplinas útiles, las asignaturas técnicas que den una cierta especialización al alumno, y todas ellas basadas en los medios audiovisuales. por lo que las nuevas generaciones no leen un libro, paradójicamente, en una época en la que el analfabetismo ha desaparecido prácticamente, ya que hasta la lectura se ha convertido en algo aburrido y prescindible, tomando el protagonismo los videos, internet, la televisión y el cine.

También en esa relación de factores que ha intervenido en la creación de esta sociedad del espectáculo, está la relajación de costumbres, la promiscuidad sexual que han matado el erotismo como tal que inspiró tantas obras de arte desde la literatura, pasando por la pintura, la escultura y hasta el teatro y el cine. El sexo se ha convertido en algo banal porque ha perdido su territorio íntimo y personal, para convertirse en un tema de conversación pública, de exhibición, perdiendo así el carácter puramente privado que le dotaba del misterio, el morbo, el placer para convertirse en una práctica más a la que se le ha quitado, precisamente, ese velo que le confería la propia intimidad de su práctica y disfrute para convertirlo en un ejercicio gimnástico, en pura práctica deportiva, desprovista de toda la carga de misterio y secreto que era su mayor atractivo. Lo que por una parte era bueno y deseable, como quitar el concepto de pecado, de tabú, convirtiéndolo en algo natural al perder el corsé que lo amordazaba, le ha hecho perder todo las notas de placer íntimo, personal y misterioso, que son predominantes para que exista verdadero erotismo,

El mismo concepto de arte, sobre todo del arte moderno, ha creado tal confusión en el que no se puede discernir bien que es puro arte y qué son las tomaduras de pelo a lo que nos tienen tan acostumbrados los artistas de vanguardia, porque si antes el arte tenía un canon, unas reglas que creaban las propias directrices y decía qué era arte y qué no, ahora todo eso no existe nada más que para lo que esté relacionado con el arte figurativo y clásico, porque en el moderno, a partir del arte abstracto y de los desestructuralistas, todo es arte, si lo dice un crítico reputado o un famoso marchante que hace el negocio mientras los espectadores atónitos se preguntan qué son esas supuestas obras artísticas que le parecen un camelo en la mayoría de las veces y qué quiere decir el artista de vanguardia en cuestión, aunque muchas veces ni éste último lo sepa.

Vargas Llosa, analiza, una tras otra, todas la causas que nos han llevado a esta “civilización del espectáculo”, porque en ella sólo tiene cabida lo que tenga o merezca tal calificativo y los espectadores sólo tienen que esperar ver, disfrutar, oír y admirar las “manifestaciones culturales” del momento, es decir, lo que está de moda, sin hacer más esfuerzo que permanecer sentados cómodamente en su sillón, manejando el mando a distancia de su televisión, video, equipo musical, o el teclado para acceder a través de internet a las múltiples ofertas culturales, o sea de diversión, como antes hacía el buen lector pasando las páginas de un libro, objeto que, poco a poco, se va ir quedando relegado a los museos porque los que somos aficionados a la lectura estamos en peligro de extinción como los dinosaurios.

La democratización de la cultura no ha hecho llegar ésta a todos los ciudadanos sin distinción de clases sociales, lo que sería siempre deseable y bueno, si no que ha hecho tabla rasa con la verdadera cultura, ésa que sólo se obtiene con el esfuerzo continuado en la lectura, el estudio y la búsqueda de información, y ha dejado al alcance de todos esta especie de cultura light, que viene a ser, en términos gastronómicos, como la comida basura si se compara con la preparada por un chef, eso sí, aquélla está al alcance de todos los bolsillos, pero no es digerible para todos los estómagos, sobre todo los más delicados. Al igual que sucede con lo que ahora se llama “cultura” que viene a ser el revoltijo en el que destaca lo llamativo, pintoresco, fácil, ligero y superficial que, por ponerse al alcance de todos, tiene la altura y calidad que esa gran mayoría requiere, desea y puede llegar a digerir y asimilar.

Excelente libro que hará pensar a cualquier lector exigente que no acepte a priori las coordenadas culturales actuales en las que naufraga la verdadera cultura, ésa que es la única que merece dicha definición y que está en peligro de extinción en esta sociedad que confunde el espectáculo con la cultura y no busca el conocimiento, sino la degustación fácil, cómoda y banal de aquello que esté de moda, aunque sea bazofia, porque es “lo que más vende” y lo que está in, porque lo que, de verdad, está aut, es la genuina, verdadera y pura cultura.

La gran novela latinoamericana

La gran novela latinoamericana Carlos Fuentes Alfaguara Madrid, 2011

La gran novela latinoamericana

Carlos Fuentes

Alfaguara

Madrid, 2011





por Ana Alejandre





Este magnífico ensayo es una propuesta de su autor para realizar un largo y profundo viaje literario para analizar la historia y evolución de la novela en Latinoamérica, desde que se produjo el descubrimiento del continente americano hasta la actualidad.

Los lectores que estén dispuestos a acompañar a Fuentes en este largo periplo se deslumbrarán al encontrar en su recorrido a las figuras más importantes de la narrativa latinoamericana y, como no podían faltar, los temas que fueron desarrollados por los diversos escritores como referentes obligados en sus obras: la exuberante naturaleza, los diversos y feroces dictadores, los conflictos sociales, económicos y políticos siempre virulentos y nunca resueltos, la brutalidad que utilizan los poderosos contra el pueblo siempre indefenso, el desencanto como telón de fondo y, sobre toda esta amalgama de cuestiones, la creación de ese mundo mágico que se nutre de los diversos mitos, creencias y múltiples lenguajes prehispanos de los pueblos que habitaban dicho continente..

Todos estos elementos confluyen, como el gran caudal que discurre por algunos de los más importantes ríos de ese rico y vasto territorio se alimentan de las aguas torrenciales de los diversos afluentes, en el deseo siempre patente en la literatura latinoamericana de convertir ese rico y exuberante material en narraciones en las que prima lo exorbitante, la grandiosidad de la naturaleza y de los personajes abigarrados que la pueblan, el humor sarcástico que se ríe hasta de la muerte; la gran feria multicolor llena de contrastes, la ridiculización del dolor hasta llevarlo a extremos caricaturescos, la excesiva y fascinante naturaleza de unos pueblos y seres que los forman que encuentran en las voces de sus narradores el arma más eficaz para expresar el gran cúmulo de culturas, lenguas, pueblos, folclores y mitos que luchan por no perder aquello que les hace ser lo que son, su propia y singular idiosincrasia, ante el avance de las culturas foráneas que les fueron impuestas.

Todos estos intentos literarios dan como resultado unas formas narrativas extrañas, nuevas, subyugantes y diferentes a todo lo conocido que viene a conformar lo que se llamaría el “realismo mágico”, movimiento literario sin cánones, sin límites establecidos, sin formas prefijadas, pero en el que brilla por su inmensa originalidad la maestría narrativa de unos autores que nos ofrecen historias abigarradas, deslumbrantes, caóticas, en ocasiones, y aunque todos son diferentes entre sí, parecen estar unidos por un deseo que los aúna: narrar las historias de unos pueblos que son tan distintos entre sí, pero que tienen en común la magnificencia de una pródiga naturaleza y las culturas milenarias de pueblos ricos en mitología y leyendas.

Entre ese grupo de escritores tan distintos pero que parecen mimetizarse entre sí, cruzarse en el laberinto de esos juegos malabares hechos con palabras, tejiendo historias imposibles que a todos nos subyugan, se encuentran nombres tan importantes como Cortázar, Borges, Neruda, García Márquez, Lezama Lima y otros muchos que desfilan por las páginas de esta obra imprescindible no sólo como material de estudio, sino de goce lector, en la que su autor nos ofrece una lección extraordinaria y magistral de literatura.

Todo lector podrá encontrar motivos de satisfacción al leer esta obra excepcional en el que los amplios conocimientos literarios que van siendo expuestos con claridad y rigor, pero con una maestría narrativa que permite no sólo aprender de la literatura latinoamericana, sino disfrutar de ella, conocer mejor a ese fascinante mundo literario con reglas inexistentes, pero incardinado por el talento creador de unos escritores que supieron conjugar en sus textos la magia de toda buena literatura y el sabor profundo de los mitos y creencias de unos pueblos de cultura milenaria que intentan sobrevivir sin perder sus propias raíces que apuntalan su futuro.

Lenguaje sexista



por Ana Alejandre



El pleno de la Real Academia Española (RAE), ha aprobado, el 1 de marzo del presente año, un intersantísimo y fundamentado informe del académico Ignacio Bosque, con el título Sexismo linguistco y visibilidad de la mujer, en el que se vierten duras críticas de las directrices que marcan las nueve guías sobre lenguaje no sexista propuestas por comunidades autónomas, sindicatos y universidades y, añade dicho informe, que si se aplicaran dichas normas o directrices “no se podría hablar”.

Que la docta casa tome cartas en el asunto del lenguaje no debe extrañar, ya que es su cometido principal y, además, el que justifica su existencia, y no podría permanecer en silencio en tema tan importante, como son las modificaciones propuestas por las referidas guías sobre lenguaje no sexista, ya que a sus redactores parece irritarles el uso genérico del masculino para designar a los dos sexos, a pesar de que ·"está firmemente asentado en el sistema gramatical español" y de otras muchas lenguas, por lo que recomiendan el uso alternativo de términos como son “las personas becarias”, en lugar de los becarios, o “personas sin trabajo” en vez de “parados”.

Dicho informe al que antes se menciona, con el título de “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”, ha sido respaldado por todos los académicos asistentes al pleno y se puede consultar en el Boletín de información lingüística de la RAE (BILRAE), en la web de dicha institución y tambén, en formato PDF, se puede leer el texto completo en el vínculo que aparece al final de este texto.

Aunque las guías que se han analizado corresponden a diversas comunidades autónomas, ya que son sus autores la Junta de Andalucía y de la Generalitat Valenciana; de las universidades de Málaga (junto con el ayuntamiento de esta ciudad), Granada, Politécnica de Madrid, UNED y Murcia, y de Comisiones Obreras -en colaboración con el Ministerio de Igualdad- y UGT., todas ellas parecen sacar conclusiones erróneas de premisas verdaderas, porque según el autor de dicho informe, es cierto que "existe la discriminación hacia la mujer en nuestra sociedad", como lo es también que es necesario "extender la igualdad social de hombres y mujeres, y lograr que la presencia de la mujer en la sociedad sea más visible"., como afirma igualmente dicho académico.

Sin embargo, afirma Bosque que en estos textos comentados (las referidas guías) tienen el denominador común de que llegan a conclusiones totalmente injustificadas que muchos hispanohablantes consideran insostenibles e inaceptables, porque cometen el error de que “suponen que el léxico, la morfología y la sintaxis de nuestra lengua han de hacer explícita sistemáticamente la relación entre género y sexo”, por lo que llegan a la conclusión de que serán sexistas cualquier manifestación verbal que obvien las directrices propuestas, porque eso sería señal inequívoca de que no respetarían la supuesta “visibilidad de la mujer”.

Naturalmente, los redactores de las mencionadas guías podrían argumentar que sus recomendaciones son fruto de su interés por la mujer y por la injusta discriminación que sufre, aunque se podría alegar que ese argumento es completamente arbitrario ya que califica de sexista al grupo mayoritario de hombres y mujeres con una idea totalmente diferente sobre este tema que preocupa a todos, pero no adoptan las mismas soluciones por ser completamente absurdas y carentes de fundamento, empezando por las propias mujeres que no nos sentimos excluidas de una expresión en masculino cuando se utiliza para ambos géneros.

Bosque, el autor de dicho informe, pone el ejemplo de que si una mujer no viera algo irregular en el rótulo “Colegio Oficial de Psicólogos de Castellón”, sería poco menos que un síntoma preocupante, por lo que debería ser atendida por los miembros de dicha institución colegial, al no sentirse discriminada por el mencionado rótulo, según parece desprenderse de la teoría sostenida por los creadores de dichas guías.

El citado académico también insiste en que la solución para el problema de la falta de “visibilidad de la mujer” en la sociedad sería "reconocer, simple y llanamente, que, si se aplicaran las directrices propuestas en estas guías en sus términos más estrictos, no se podría hablar", aunque afirma que las propuestas realizadas en las guías parecen estar pensadas para el lenguaje oficial, pero sin utilidad práctica en el lenguaje hablado.

Sin embargo, lo que destaca en primer lugar es el hecho de que estas guías, en su redacción, no han tenido el asesoramiento de lingüistas, por lo que se advierten errores garrafales en algunas de sus propuestas que vulneran aspectos importantes de la gramática o de la lexicografía que están aceptados de forma firme y rigurosa en nuestra lengua, o bien omiten matices y distinciones que deberían ser explicadas debidamente por los profesores de Enseñanza Media, lo que provoca, de algún modo, un conflicto de competencias, al propugnar temas lingüísticos que son ajenos a las competencias de los distintos organismos que las han redactado. Esto sería inaceptable en el caso contrario de que la RAE, o cualquier organismo no competente en materias propias de los ayuntamientos, sindicatos, comunidades autónomas, etc., se dedicaran a redactar guías aconsejando a los ciudadanos en temas propios de la competencia de estos últimos, sobre todo sin consultar con los mismos o no aceptaran las objeciones de los organismos competentes en las distintas materias o, simplemente, ignoraran los consejos o recomendaciones que aquellos les hicieran.

Desde luego, Bosque no niega que el propósito de tales guías sea el deseo de "contribuir a la emancipación de la mujer y a que alcance su igualdad con el hombre en todos los ámbitos del mundo profesional y laboral", a pesar de que el intento se hace por caminos erróneos como es querer quebrar la integridad lingüística con directrices que contravienen las normas sobre las que se asienta la rica lengua española.

Decía Unamuno que “el lenguaje no es expresión del pensamiento, sino el pensamiento mismo”, si se altera el propio lenguaje, quebrando sus normas y reglas, no sólo afecta a este, sino también al pensamiento que expresa y del que sirve como vehículo y soporte.

A la mujer no se nos hace más presente obligando a hablar en contra de la propia gramática, lo que es absurdo y contraproducente, sino a través de una educación que viene dada desde la infancia en la que ambos sexos aprendan a mirarse como iguales, salvando las diferencias naturales que marca la propia biología, y con los instrumentos jurídicos adecuados para legislar por la efectiva igualdad de derechos de hombres y mujeres en todos los campos sociales, laborales, civiles y académicos. Sólo entonces, la mujer alcanzará “plena visibilidad social”, la que va escalando día a día a costa de esfuerzos, y esa presencia no se la dará el ser llamada “albañila”, “miembra”, o “soldada”·, como tampoco al hombre se le “feminiza” por llamarle “ebanista”, “jurista” o “economista” (obsérvese que terminan en “a”) por poner solo unos pocos ejemplos; como tampoco se les cambia el sexo a quienes proponen este tipo de absurdas alternativas en el lenguaje, sin ton ni son, ya que a cualquiera de todos estos hombres y mujeres bienintencionados que sugieren tales dislates “no sexistas” les vendría perfectamente, a modo de ejemplo, la palabra “gilipollas” -pido disculpas al lector- ¿o habría que decirle al miembro (no a la “miembra”, claro,) del sexo masculino “gilipollos”?

Daría lo mismo la terminación usada, porque termine en “a” o en “o” cada uno sabe el sexo que tiene –o el que aparenta- y ninguna vocal o terminación podría cambiar lo que la naturaleza le ha dado, por muchas guías que lo intenten, porque el sentido común es el que manda y el que termina imponiendo las reglas del juego del lenguaje, del sexo -“no género”- que se tiene, se sufre o se aspira a tener, sin enjuagues malabares metalingüísticos que sólo ponen en evidencia que “gilipollas” -pido disculpas de nuevos- terminado en “as” sirve indistintamente para ambos sexos y los miembros masculinos de la población aún no se ha quejado del trato sexista que dicha palabra les supone al ser calificados con una palabra que los “feminiza”.

Aunque bien pensado, a alguna que otra ministra, que bien podría ser calificada en justicia con tal palabra malsonante, no las feminiza ni siquiera la terminación en “a”, porque la femineidad reside en algo más importante que la terminación vocálica o genérica de la palabra usada para referirse a las “miembras” del sexo femenino que lo seguirán siendo, a pesar de los dislates propuestos por quienes confunden el género con el sexo, y los disparates linguísticos con las soluciones al "lenguaje sexista".

Las mujeres estaríamos "apañadas" si la solución al problema sexista viniera de las mentes preclaras que propugnan tales disparates que, además de absurdos, tratan sólo de "maquillar" el problema con una supuesta solución que, además de ridícula, es inoperante y contraproducente porque sólo iba a crear más "analfabetas" y "analfabetos" funcionales, mientras el grave problema de la mujer seguiría existiendo; pero eso sí todas las mujeres deberíamos estar contentas de ser "miembras" visibles de una sociedad que ha perdido el juicio, el sentio común y hasta el sentido del ridículo.



La vieja librería

La vieja librería

La lectura de un buen libro es un diálogo incesante,
en el que el libro habla y el alma contesta.(
Andre Maurois)

por Ana Alejandre

Me pasaba muchas tardes deambulando entre las diversas estanterías, oliendo ese aroma inconfundible a tinta y papel impreso que me embargaba el olfato, proporcionándome una indecible sensación de bienestar como el que se siente en el propio hogar, en el lugar donde uno se reconoce a sí mismo y al entorno que le rodea y que conforma el propio paisaje interior. ´La librería se encontraba tal como la fundó su primer propietario, allá por 1860, año que recordaba el viejo cartel sobre la entrada y que era como el escudo nobiliario sobre el casarón de una familia de hidalgos. Allí estaban las estanterías de pino barnizadas que contenían miles de libros, divididos por materias y autores con un orden simétrico en su heterogeneidad que hablaba de un método riguroso aplicado por quien les destinaba el sitio adecuado al lado de las otras obras similares en temas, géneros o autores; además, estaban las amplias mesas de pino que ofrecían las últimas novedades que mostraban el colorido multicolor de sus portadas como reclamo publicitario ante la mirada, muchas veces indiferente, de quienes deambulaban por las amplias salas en las que se dividía el establecimiento, iluminadas por las pesadas lámparas de bronce que colgaban desde el techo, con la única variedad en su diseño desde el momento de su primera instalación en la práctica sustitución que consistía en que ahora cobijaban potentes bombillas en vez de las primigenias luces de gas de cuando se inauguró la librería.

Su propietario, tataranieto de su fundador, era algo más que un librero, porque no sólo vendía los ejemplares que se encontraban perfectamente colocados en los innumerables estantes, sino que los amaba y de los que hablaba con el apasionamiento de todo entendido. Rafael, aquel librero vocacional, apasionado y culto, los leía y degustaba con verdadera fruición, por lo que podía hablar de todos los títulos que disponía en aquel santuario libresco en el que cada ejemplar era como un hijo del que le costaba desprenderse, a pesar de que venderlos era su modus vivendi y el de su hermana, Gloria, copropietaria también y que inundaba la librería con su risa cordial y la simpatía llena de humanidad que se desbordaba de su rostro siempre risueño y que fue el primer reclamo que me llevó a ser cliente asidua de aquella librería, decana de todas, e irrepetible no sólo por su solera, sino por el entramado de amistad, tertulias inolvidables y literatura inyectada en vena que las visitas a ese establecimiento me proporcionaba siempre. Ella era la encargada de los temas económicos y del contacto de con los proveedores y él, Rafael, el verdadero experto en la literatura y sus fascinantes entresijos. No había autor, obra o tendencia de la que no pudiera disertar aquel guardián celoso de los libros que hablaba de ellos con la misma pasión que un amante lo hace de su amada, elogiando sus virtudes y atenuando sus defectos, pero siempre con el tono de disculpa y de comprensión de quien, por amar al objeto de su crítica, encuentra disculpables sus fallos y hasta les encuentra cierto encanto porque conforma la personalidad de aquello que ama.

Aquellas largas tertulias acerca de los libros leídos por ambos -ya que Gloría se reconocía como poco experta en los asuntos de las letras, aduciendo entre risas que ella era de ciencias y le iban más los números-, además de los comentarios sobre los que aún quería leer y de los que ya me adelantaba la sipnosis, los personajes principales y hasta destacaba los puntos más interesantes de la trama, cuando se trataba de ficción, pero sin desvelar nunca el misterio que todo argumento conlleva; o hacía comentarios sobre el enfoque del ensayista o del biógrafo de turno, adelantándome su opinión realmente experta y conocedora de cada obra, de cada autor, y todo ello era un prolegómeno o antesala del libro que después leería y, en otras muchas, el epílogo adecuado al placer provocado por las muchas horas de lectura incansable que podía prolongar con la siempre inteligente y profunda conversación con aquel amigo que sabía disfrutar y compartir la misma pasión por los libros y sus historias y que compartíamos como si fuéramos dos adeptos de una secta sólo para iniciados en la que los libros y sus autores conformaban el lenguaje de aquel código secreto que ambos compartíamos en la seguridad de ser comprendidos por el otro conocedor de la misma y fascinante jerga.

Aquellas horas de lectura y charla, entre libro y libro, en la que me iba desgranado los últimos avances editoriales y los comentarios, siempre agudos y certeros, sobre escritores, premios, premiados y las críticas que tal o cual libro había obtenido en diferentes medios especializados, aderezados todos los comentarios por juicios de su cosecha que me despertaban la hilaridad al oír sus comparaciones entre diversos autores que hacía con una especial gracia e ingenio que dejaban siempre en el oyente la sensación perdurable de que sus palabras eran verdaderas definiciones del talante y del talento de muchos de los autores actuales, de los que hacía una crítica libre de prejuicios, plena de saber literario, sensibilidad y con una profundidad de síntesis que me llamaban la atención y me sorprendía por el profundo conocimiento de la literatura que mostraba quien, una vez ya compelido ante mi insistencia de que él era algo más que un librero, me terminó confesando, con un cierto sonrojo que aún recuerdo con ternura por la humildad franciscana que se escondía en aquel hombre de más de uno noventa de estatura, de que él era poeta, crítico literario y, traductor del ruso y alemán de los más importantes escritores de esas lenguas., por haberse doctorado en Alemania en Literatura y ser nieto de rusa, profesora en la Universidad de Kiev, que tuvo que huir de su país después de la II Guerra Mundial y que le enseñó a amar ese país, hablar su idioma y conocer su literatura, agregando en un susurro como si le avergonzara que le oyera alguien más, que no se lo dijera a nadie, porque siempre escribía con distintos nombres, en cada una de sus facetas, diciéndome cuáles eran sus pseudónimos en cada una de esas actividades, muy conocidos por cierto, que me llenaron de asombro al oír y reconocer unos nombres a los que antes no les ponía rostros, especialmente al poeta al que también leía con asiduidad y del que nunca sospeché que se escondía debajo de aquel apasionado lector y librero. Me explicó que su faceta de librero la había heredado de su familia paterna y que, aunque era la parte mercantil de la literatura, no le importaba seguir con la tradición familiar, porque era otra forma de seguir en contacto directo con los libros; pero sin dejar que nadie pudiera relacionarlo con las otras actividades, especialmente con la poesía, “porque no quería tener que soportar el peso de la fama y sus servidumbres”, todo eso dicho con el guiño irónico y guasón que tanto le caracterizaba y me hacía reír.

Después de aquel descubrimiento de la identidad inesperada de quien me vendía los libros desde hacía años y que se había convertido en un amigo con el que compartía lecturas, charlas interminables en las que siempre se adivinaba la pasión por los libros y la literatura que se ponía de manifiesto en la luz gozosa que se veía en sus ojos cuando hablaba de los clásicos a los que conocía y recitaba con gozo indescriptible; o cuando hacía una disección completa de la obra de los autores rusos de los siglos XIX y XX a los que había traducido, obteniendo varios premios por su labor, y a los que me leía en ruso párrafo enteros, en una traducción inversa y directa que me dejaba perpleja por la rapidez y la entonación que le daba a los deferentes personajes, mientras yo leía otro ejemplar en castellano para poder entenderlo, aunque me parecía tener al lado a cualquiera de los personajes de Dostoievki, Tolstoi, Chejov o Turgueniev, entre otros, ya que su ruso fluido y el profundo conocimiento que tenía de cada obra, le hacían penetrar en el espíritu de la misma con una intensidad que sólo quien conoce y comprende la personalidad, época en la que vivió su autor y la génesis de la obra, puede tener. Al igual, hacía con los escritores alemanes, especialmente los del siglo XX que eran los más solicitados por las editoriales por ser los más conocidos por los lectores españoles, Thomas Mann, Hermann Hesse y el checo Franz Kafka, que escribía su obra en alemán. por citar los más conocidos. Todos ellos desfilaban ante mí con la sonoridad de su propia lengua y que me despertaba el deseo de aprender esos idiomas tan lejanos al castellano; y de las que Rafael me daba unas clases magistrales, entre cliente y cliente que le pedían libros o hacían consultas, y que eran completamente surrealistas porque lo mismo explicaba el sonido de cada vocal o consonante, como recitaba un mismo poema en ruso y alemán para ilustrar las diferencias de sonoridad entre ambas lenguas, diciendo el mismo texto.

Esas tertulias terminaron, al igual que la vida de aquel amigo entrañable hace algunos años, cuando un cáncer apagó su vida y su pasión inagotable por la literatura, pero no consiguió borrar el recuerdo entrañable y añorado en mí de quien no sólo amaba a los libros, que es una forma de amar la vida que discurre entre ellos, sino que los había convertido en el único motor y referente de su vida. Su hermana, al fallecer quien era el puntal de aquella librería, seña de identidad de una familia de libreros vocacionales, cerró el establecimiento porque no podía soportar seguir entre aquellos libros sin la presencia de Rafael que le daba aliento y sentido a los ejemplares allí expuestos a la venta, porque ya, muerto él, no sólo se había cerrado la última página del libro de su vida, sino la de todos los libros que él amaba, acariciaba y conocía.

Desde entonces, no he vuelto a ser cliente asidua de ninguna otra librería en particular, porque lo soy de todas, las que me cogen de paso o tengo más a mano en un momento dado, a pesar de seguir comprando incansable y apasionadamente libros, pero ya no es lo mismo porque ahora quien te atiende lo hace con la misma asepsia e indiferencia ante lo que vende, sea un libro o un par de zapatos, sin conocimiento e interés alguno por esa mercancía que expende y que no tiene más sentido para el vendedor que pueda tener cualquier otro objeto susceptible de ser vendido. Esa ignorancia y apatía hacia los libros lo demuestra la cara de asombro, estupor, o simple enojo que ponen algunos llamados libreros cuando les preguntas por una determinada obra o autor que les suenan a chino, porque no están dentro de esa lista de best-seller, auténtica plaga que azota el panorama editorial del país, y que por ese simple motivo ni siquiera saben que existe la obra en cuestión ni tampoco quien la escribió. Desde luego, el lector avezado tiene que ir dándoles pistas a los mercanchifles de los libros, para que mire en la base de datos de tal o cual editorial, dándoles información del título de la obra, del autor y, si fuera poco, hasta del ISBN. Y eso que ello están, supuestamente, para informar al lector despistado o poco conocedor, quien está apañado si quiere conseguir información sobre tal o cual libro, si no conoce todos los datos sobre el mismo -con lo que ya no le haría falta la ayuda profesional del librero que está más pez que el propio comprador despistado-; o que espera que le informe sobre una obra que trate sobre un determinado tema o los libros que solicita que le recomiende de determinado autor o género.

Es por ello, que nunca volveré a reencontrar en ninguna librería, establecimiento supuestamente especializado en libros y sus aledaños, porque una vez desaparecidas las librerías tradicionales, en las que se hablaba de libros, escritores y buena literatura, se ojeaban los libros y se podían encontrar libreros que vendían, conocían y publicitaban los libros, aconsejando títulos y autores con inteligencia y conocimiento de la materia, se ha ido una parte importante que conformaba la vida del libro desde que salía de la pluma de su autor, las prensas de las editoriales y llegaba hasta el lector, último destinatario para que el que se encaminan todos los esfuerzos.

Y, mucho menos, encontraré otro amigo igualmente apasionado, conocedor y defensor de la literatura que, además, era poeta, crítico y traductor y, por encima de todo, un ser humano excepcional que, por querer tocar el infinito a través de sus poemas, maravillosos e inolvidables, se marchó demasiado pronto y sé que está allá arriba, entre las estrellas, recitando en ruso a Alexandr Alexándrovich Blok, el poeta simbólico al que me hizo conocer a través de la sonoridad poética de su voz mientras que, con esa sonrisa irónicamente lúcida, decía antes de comenzar a recitarlo: ”Si quieres saber lo que dice mi colega y tu pariente, vas a tener que aprender ruso, Anouskha Alexándrovich”, haciendo una supuesta y cómica conversión al ruso de mi nombre y apellido.

Nunca aprendí ruso, pero sí aprendí lo que significa la palabra amistad en boca de un escritor, de un lector apasionado y de un enamorado de la literatura que la vivía, creaba y recreaba, con su recuerdo emocionado y su humanidad en la que siempre salía a flote el alma de un verdadero creador de belleza, las voces inmortales de escritores y poetas ya muertos hacia muchos años, pero que tomaban vida a través de la voz prodigiosa de otro poeta..