Brevísimas historias

Octubre/Diciembre de 2010



Edición nº 13 Octubre/Diciembre de 2010



La carta



Una mentira nunca vive hasta hacerse vieja.(Sófocles)



La carta (microrelato)

por Ana Alejandre

Cerró la carta con cuidado como si temiera romperla. La introdujo en el sobre y se quitó las gafas con un cierto temblor que la emoción acentuaba. Se sabía aquellos renglones de memoria como si los hubiera fotografiado en su mente, aunque no renunciaba al placer, casi necesidad imperiosa, de releerlos para volver a ver aquella letra indecisa en su recorrido y extendida, como desmayada, en cada línea. Sobre todo, leía una vez y otra aquel párrafo en el que su hijo le decía lo mucho que la quería y la necesitaba y su promesa reiterada de que nada ni nadie los separaría nunca. Esas palabras eran como un bálsamo en una herida abierta, la misma que el tiempo transcurrido había ido profundizando hasta hacerla tan íntima que formaba ya parte de sí misma, de su propio paisaje interior. Cuando las volvía a leer era como si el tiempo retrocediera imperioso al momento en el que la carta fue escrita. De eso hacía ya muchos años, demasiado para recordar cuántos.

Un ruido exterior le alertó de que alguien se acercaba y, con premura que la costumbre le facilitaba, escondió la carta debajo del cojín sobre el que estaba sentada. Sabía que si la encontraban leyéndola la reñirían como hacían siempre, porque decían que no le hacía ningún bien y aumentaba su melancolía; pero ellos no entendían que era la carta la única que la mantenía en pie. La puerta se abrió y supo entonces que era la hora de la cena, en aquel espacio intemporal que habitaba en el que el tiempo no parecía existir. De las otras habitaciones le llegaron ruidos de platos y vasos y un rumor sordo de conversaciones. Cuando le sirvieron la bandeja con todo lo necesario para la cena, con la frialdad aséptica disfrazada con una sonrisa, volvieron a salir, dejándola sola y, en ese momento, sintió de nuevo la misma punzada de angustia de todas las noches cuando esa puerta se cerraba y la volvía a dejar aislada en una de las muchas habitaciones de aquella espaciosa y cara residencia geriátrica.










 

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