Doce cuentos solitarios

Octubre/Diciembre de 2010



Edición nº 13 Octubre/Diciembre de 2010



Doce cuentos solitarios explicados por su autora



Desde 2003, año en el que presenté mi primera novela Tras la puerta cerrada, he ido pergeñando la colección de relatos Doce cuentos solitarios, algunos rescatados del olvido ignominioso que el tiempo otorga a todo aquello que se finalizó hace tiempo y, otros de reciente creación que hoy presento a la opinión de los lectores, en la confianza de que tendrá la buena acogida que obtuvo mi anterior obra, pues ha sido creada con la misma sinceridad y pasión creadora.

Esta colección que presento hoy virtualmente a los lectores de Entre Líneas y que fue presentada en Madrid en un acto público en el Círculo de Bellas Artes, el 7 de septiembre, es, como su título indica, la colección de doce relatos en los que la soledad del ser humano, en todas sus posibles variantes, protagoniza la vida de unos seres marcados por la búsqueda de la felicidad y su autorrealización, empeño común de todos los mortales.

Ya la definía magistralmente Charles Beaudelaire a esa presencia fagocitadora cuando afirmaba: "Los monstruos devoran al hombre en soledad", y los personajes de esta colección de cuentos, algunos se podrían considerar novelas cortas por su extensión, comprueban en sus propias vidas marcadas a su pesar por la soledad que sus fantasmas interiores son quienes realmente cohabitan con ellos, en una simbiosis mortal de toda esperanza. No son personajes de una tragedia, sino seres normales, con unas vidas y unos anhelos iguales a los de los demás seres humanos y, por ello, igual de frágiles, vulnerables e insatisfechos, pero el vínculo común y sutil que enlaza a esas doce historias es la misma sensación de derrota vital que asumen sus protagonistas en sus vidas de seres anclados en un presente en los que la soledad ha instalado su nido, incubando la incomunicación y el vació existencial que proclama su propia derrota existencial.

No existe mejor forma de explicar una obra por su autor que dejarla a la consideración de los lectores, por lo que les invito a conocerla. Eso es lo que ahora hago desde este momento con el deseo de que pueda encontrar la misma acogida que mi obra anterior.




 

Sipnosis de Doce cuentos solitarios


Sipnosis de Doce cuentos solitarios


En esta colección óde relatos, encadenados y vertebrados en un armazón común, prima la soledad de cualquier vida como protagonista de todos y cada uno de ellos, ensamblados como un mosaico formado por las diferentes teselas que conforman la unidad narrativa, en sus múltiples y variados relatos independientes, algunos de larga extensión que los convierte en casi novelas cortas, pero en los que la autora ha entretejido un sutil hilo conductor que los une de forma imperceptible, creando así la imagen final, plena y rotunda, en la que el lector encuentra el discurrir de unos personajes en los que puede encontrar el toque maestro de una narradora singular que muestra, en el entramado de esas vidas imaginarias, el reflejo fiel de una sociedad en la que el individuo permanece sumido en la soledad de su propia individualidad entre próximos y extraños, encerrado en la coraza de la incomunicación que esta sociedad tecnificada y deshumanizada propicia.

Este libro de relatos es una colección de historias que harán reflexionar por la profundidad psicológica y la capacidad narrativa de su autora, y que sumergirá al lector, desde el primer momento, en la tensión argumental y el ritmo narrativo de cada una de los relatos, todos diferentes entre sí, tanto en su técnica narrativa y extensión, como en la arquitectura argumental; y le hará reconocer en cada personaje a una parte de sí mismo que late en unas vidas imaginarias que cobran, sin embargo, vida ante la mirada atenta y emocionada del lector que ve discurrir entre las páginas de este libro, insólito en su estructura argumental y espléndido en su desarrollo, la vida real encarnada en sus personajes con los que el lector establecerá, sin duda alguna, una extraña afinidad y complicidad porque le llegaran los ecos de una humanidad que le hablarán de la vida misma, dejándose atrapar en la magia de una prosa rica en significados y plena de sugerencias, porque en sus páginas se encierra el profundo e imperecedero eco de la verdad de la condición humana de la que todos somos partícipes, de la soledad existencial y de la propia e irrenunciable lucha por alcanzar la felicidad. Y todo ello narrado con la prosa certera y deslumbrante que crea la imagen siempre inolvidable de la más profunda autenticidad y belleza narrativa.



Crítica de Doce cuentos solitarios, por Julia Sáez



Doce cuentos solitarios
Ana Alejandre
Imagine Ediciones (477 pags)
Madrid, 2007


por Julia Saéz-Angulo (de la Asociación Inernacional de Críticos de Arte)



La soledad intima y profunda del ser humano, siempre una isla medio del cosmos, parece acendrarse en estos doce cuentos de Ana Alejandre, una escritora que ha sido una grata sorpresa para mí como lectora y quizás pueda serlo para algunos de ustedes. Yo no había leído su primera novela Tras la puerta cerrada, publicada en 2006, por lo que me enfrenté en primer lugar con estos “Doce cuentos solitarios” que participan de una misma óptica, pese a tener tramas, ambientes y protagonistas, muy distintos en edad, género o ámbito social.



Ana Alejandre maneja muy bien la mirada, el monólogo o el soliloquio, en suma, la indagación e introspección interior. Sabe bucear muy bien en el alma humana y descarnarla en una amplia paleta de sensaciones y sentimientos, de apreciaciones y decisiones. Sigue y narra muy bien la corriente de la conciencia.



La escritura de Ana Alejandre tiene la belleza de no decir, sino de mostrar lo que uno ve, mira, piensa o dilucida. No es una escritura obvia sino sutil, elegante, poética, que guarda el misterio de las cosas o vela los hechos para implicar al lector en ellos. Sus historias atrapan la atención a la espera de una decisión de los personajes o un desenlace y, con frecuencia, la autora nos llevan a un derrotero inesperado.



En el relato “Aquel domingo”, la protagonista es la mirada de una niña en una reunión familiar en la que percibe sentimientos, tensiones y otras miradas que tejen la relación de todos los personajes masculinos y femeninos. Algo va a suceder por la situación y los gestos de los familiares. La mirada de la niña lo intuye, va graduando la tensión en una fina escritura. El final que nos ofrece la narradora resulta singular y resuelto en pocas líneas. La descripción de unos hechos y una situación que clarifican aquella inquietud de la pequeña.



En “A orillas de la nada”, un cincuentón sostiene un soliloquio junto a su esposa en una playa. Quiere tomar una determinación pero la duda lo atenaza. Es un personaje algo hamletiano. Ya saben ustedes que fundamentalmente hay cuatro grandes arquetipos literarios: Don Quijote y Don Juan, que son españoles y Fausto y Hamlet, alemán e inglés respectivamente. Muchos de los personajes de la literatura convergen en estos prototipos.

El personaje de “A orillas de la nada” estaría en el arquetipo de Shakespeare, pero un hecho imprevisto real y contundente que se produce en la playa acaba por hacer resolutivo al protagonista. Es una tensión entre la mente y la rotundidad de los hechos. Un suceso que ayuda a resolver la duda.



En Castillos en la arena, la autora describe ausencia y silencios que presagian una doble vida. Al final llega la sorpresa en una situación, unos hechos que nos esperábamos y nos dejan sobrecogidos.



En el relato De tres a cinco” narra un vida de prostitución solapada, una versión verista que trae a la memoria “Belle de jour”. La pulsión del instinto y el deseo, la avaricia... todo ello en una sabia descripción que nos llevan a vislumbrar al personaje, a calibrar su forma de ser, de actuar, sus valores y contravalores.



En El último reducto, uno de los relatos más largos, casi una novela corta de cien páginas, la acción o más bien la conversación de dos hermanas, tras la jubilación de una de ellas está cargada de electricidad latente. Hay un gradual y sutil ajuste de cuentas en la vida de ambas, en el pasado y el lector teme en cada momento el estallido del drama, que la escritora va deslizando en paralelo con el calor y la lluvia que atenazan fuera de la casa. Yo he visto un diálogo teatral en esta obra, auténtica pieza dramática, reflejo como pocos de soledades, en la que el realismo romo, el verismo descarnado, nos sobrecogen por la verosimilitud. Es una narración casi en tiempo real, de manera que uno la imagina con facilidad en la escena. Tiene mucho de realismo español desesperado, de una época relativamente reciente o ¿por qué no?, de ahora mismo. Pocas veces he visto un espejo del paso del tiempo hacia la vejez con tanta fuerza. Es seguramente una de las historias más densas y cargadas del libro de Ana Alejandre, al transcurrir en una casa, casi en una habitación cerrada, en la que el lector acaba necesitando respirar profundamente para aliviar la tensión de la historia. Aquí radica precisamente la expresividad de la escritura de esta autora. Las hermanas del relato de Ana Alejandre han creado su propio infierno y les aseguro que hay momentos en que las llamas parecen devorar al lector.

Ese amargo fruto es una historia de iniciación; de iniciación a la vida de dos jóvenes, en el que la tragedia y el dolor han de ser la experiencia viva del aprendizaje. Una historia de trasgresión y de infortunio, donde se bordea la idea de la vida y la muerte.

En La otra cara de la moneda se aborda el tema de los malos tratos psicológicos en la pareja y su destrucción paulatina como un cáncer destructor y doloroso. El relato se envuelve en una suerte de historia negra en la que hay que desenmascarar al asesino. Todo es lujoso en medio de la riqueza, pero

Los estragos de la fama se exponen en La vieja dama. Un tema de cierta actualidad en el que la defensa de la intimidad exige un esfuerzo de ingenio. Contra la persecución de los mercaderes del corazón que trafican con las situaciones sentimentales de los otros.

Sólo una rosa es una historia sobrecogedora de pausada descripción, donde dos ancianos que se quieren toman una decisión drástica y terrible, después de sopesar lo que tienen a su alrededor que no es precisamente halagüeño. Su razonamiento nos va llevando por un temor que se hace casi un holocausto.

Un desconocido llamó a la puerta viene a ser una fábula moral soberbia sobre el peligro que acecha o puede acechar entre los afectos cercanos, siempre en situación más vulnerable que ante los propios desconocidos.

Y el duodécimo relato Vía muerta, pese al título, es un canto a la esperanza en medio de una historia de soledades de cuatro mujeres de una misma familia. Es un relato bellísimo y profundo en el que las cuatro historias de abuela, madre, tía y nieta se confrontan como en espejos divergentes los avatares de sus vidas y el enfoque diferente con que lo afronta cada una de ellas. (Aquí la medida del amor es amar sin medida, según la cita de san Agustín)

En suma, Ana Alejandre parece recordarnos que nacemos, vivimos y morimos solos; que somos como islas en medio de un mundo poblado de seres humanos, próximos o alejados, que con frecuencia suscriben la máxima del filósofo Jean Paul Sartre de su obra de teatro “A puerta cerrada” de que “el infierno son los otros”. Pero Ana Alejandre da entrada a la voluntad, a la toma de decisiones en la vida y sobre todo a la esperanza. No hay vida sin drama, por eso existen las historias que narran los escritores.

“Doce cuentos solitarios” son la ilustración perfecta de lo que se acaba de exponer.

La escritora ha sabido dar unidad a unos cuentos, que no siempre son un género fácil de unir temáticamente, y ese es el mérito que suele aplaudir la crítica literaria para que un libro tenga unidad y no sea simples jirones dispersos de diversas ocurrencias. “Doce cuentos solitarios” tiene clara unidad conceptual en medio de una variedad de asuntos temáticos y de tramas muy diferentes.

Ana Alejandre sabe desenmascarar en la prosa de la narración: sensibilidades gélidas, indiferencias, torturas mentales, tristezas profundas, desengaños dolorosos o esperanzas consoladoras... soledades en definitiva. Sabe describir a la perfección esas sensaciones de irrealidad que sumergen al ser humano en pozos de abismo. Sabe dar realce literario a vidas romas, existencias apagadas o personajes de apariencia rutilante. Soledades, a veces, de doble vida, de apariencias que son vanas, de amores tornadizos, de abandonos, desamores y compromisos rotos.

Es una gran observadora del lenguaje de la mirada y de los gestos; sabe esculpir las soledades de los hombres y mujeres como islas varadas entre multitudes. La autora conoce bien la psicología humana y lo transmite con elegancia en su narración escrita. Los estragos de la edad, el deterioro de los cuerpos y su mella en los espíritus. En suma, cronos que devora; el tiempo que arrumba ilusiones, proyectos y propósitos.

La escritura de Ana Alejandre es un escalpelo fino que desenmascara y desentraña las situaciones humanas y las hace derivar hacia la sorpresa final o a la salida abierta en una vida que continúa a la deriva, tal y como nos enseñó a hacer James Joyce en su libro de cuentos “Dublineses”.

Todos los escritores bebemos de una tradición literaria; somos deudores de la palabra milenaria del castellano que nos llega a través de la lengua oral y de la literatura. No sé si la autora Ana Alejandre ha leído a Virginia Woolf –supongo que sí-, pero podría decirse que el magisterio de introspección de la escritora inglesa podría latir detrás de su escritura.

Su libro “Doce cuentos solitarios” sube o baja hasta el último recoveco de la mente humana y completa con su presencia el pobre porcentaje de realidad que sólo reflejan los hechos. Ahí radica la grandeza de la literatura, en su capacidad de revelación más allá de la mirada. Ana Alejandre lo logra y, por ello, sólo cabe felicitarla.




Nota: Esta crítica fue publicada en las siguientes publicaciones electrónicas:

http://www.editanet.com
http://www.arteshoy.com
http://www.hechoshoy.com





Crítica de Doce cuentos solitarios por Mario Soria



Doce cuentos solitarios,
de Ana Alejandre
Imagine ediciones
Madrid - 2007

por Mario Soria (ensayista y periodista)


Parecen las narraciones referirse a otras tantas formas de soledad. Lo asegura el título. La dedicatoria, “A quienes han conocido, padecen o temen la soledad, es decir, a todo ser humano”, también confirma esa hipótesis. Y la cita de Baudelaire a modo de lema de la obra: “Los monstruos devoran al hombre en soledad”. Sin embargo, nos atrevemos a sostener que no es sólo ése el motor y el fin de los relatos, lo haya advertido o no la autora, que a veces los escritores hablan, sin percatarse de ello, de cosas extraordinarias entrañadas en las ordinarias de una narración o exposición de cualquier índole.
La portada del libro, de hermoso color cobrizo, brillante, en parte amarillento: dunas onduladas y rizadas por el viento que, diríase, expresan también fielmente el contenido. Símbolo de lo que se va a leer: desierto atormentado del alma. Pero, ¿es así?
Se le plantea, pues, al lector una especie de acertijo o ejercicio intelectual: ¿Es realmente la soledad trama, protagonista, asunto capital de estos cuentos apasionados y violentos, o bien algo que trasciende al ser humano solitario? Y otra pregunta: ¿Están realmente solos los personajes, acompañados únicamente de sí mismos, mirándose en el espejo de sus ilusiones, tristezas y recuerdos, o tienen, por el contrario, una especie de sosias o yo desdoblado, no por reflejo menos real y presente, que los intranquiliza, altera, azuza? Y aun más: si se retrata en estas páginas la soledad, ¿qué clase de soledad es la que aflige a los hombres y mujeres creados por la autora?
Se nos presenta en multitud la condición humana; al menos, en su aspecto familiar y social. Esposo, esposa, padre, hijo, nuera, madre, hermano, hermana, anciano, joven, conocido, extraño, niño, adolecente. Pero, por su misma condición, hállanse casi siempre estos seres en relación con otros que son como sus antítesis inescindibles, la capa plúmbea de algunos condenados dantescos, el aguijón que irrita continuamente su descontento, su asombro, sus deseos insatisfechos, su angustia. En cierto modo son el infierno de los protagonistas, para decirlo como Sartre. Y constituye esa configuración emparejada, cara de Jano, contorno y circunstancias del relato. Porque, aunque éste se desarrolle a modo de recuerdo o confesión, en primera persona: “Aquel domingo”, “Vía muerta”, siempre están otros personajes, amén del relator, presentes. No es tanto la relación análisis, sentimiento puro, memoria solipsista del rememorador, cuanto referencia a un círculo del cual es aquél centro.
Las criaturas de nuestra escritora suelen tener lo que llamaba Hoffmann doble, Doppelgänger; pero si este acompañante dual (traducción del término germano) es para el romántico alemán prácticamente esquizofrenia e independencia de personalidades, según Ana resultan protagonista y antagonista, héroe y antihéroe, una especie de almas siamesas, cada cual queriendo algo contrario a lo que quiere la otra, pero sin poder ninguna superar al adversario. Conflicto no metafísico, como en El elixir del diablo y Aventura en la noche de San Silvestre: conflicto existencial, pero no menos agudo y doloroso.
Las distintas condiciones de los personajes determinan cada situación. No es esta última previa a quienes en ella vivan. No es escenario neutro donde se desenvuelve el drama. A nuestro parecer, de manera muy romántica, la condición de cada figura principal conforma el ambiente donde chocan, sufren, desean, viven penosamente, mueren los desdichados o resignados a cuya existencia asistimos unos momentos. La morosa descripción de situaciones y ambientes no deja lugar a dudas. Todo se pinta, existe, en función de lo que vaya a suceder, pero también todo sucede conforme a un ambiente característico: el recinto lujoso de “La otra cara de la moneda”; el salón penumbroso, lleno de objetos artísticos, recuerdos eróticos, testimonio de glorias teatrales, de vanidades desaparecidas, de polémicas fútiles, y la conversación vivaz, como prolongación de un piano, cortinas abundosas, porcelanas, alfombras: “La vieja dama”; la atmósfera asfixiante y la tempestad estival, de “El último reducto”. Reitera Ana los detalles materiales; no permite que los sucesos borren en la atención del lector el mundillo donde ocurren; pero tampoco este mundillo cerrado, obsesionante a veces, patio de prisión generalmente, es otra cosa que incertidumbre, hastío, desilusión proyectada, materializada, de quien habite en él.
Está cada personaje, por lo común, frente a otro, antagonista, amigo, circunstante, conforme corresponda a la escena. Pero, al mismo tiempo -y aquí sí encontramos el tema del título- se encuentra el personaje principal solo con sus deseos, ilusiones, frustraciones, debilidad, enfermedad, temores, esperanzas, sumisión al destino, desolación. Así, Adelaida frente a su hermana (“El último reducto”), el esposo ante su mujer (“A orillas de la nada”), el padre delante de su hijo y su nuera (“Sólo una rosa”), la prostituta por diversión respecto de su esposo ignorante de todo (“De tres a cinco”), la abuela resistiendo a la cordura familiar y a toda lógica (“Vía muerta”). Si bien la realidad cotidiana es a menudo el reino satánico en compañía, donde roen las furias el corazón: reino del cual se quiere huir en vano, porque nadie ayuda, porque no tiene puerta de salida.
Pero ni siquiera la rectitud de intención, la generosidad ayudan, como le sucede a la esposa que quiere esconder a las hijas la culpa del padre, pederasta, o la hermana sacrificada por una hermana débil y neurópata: remordimiento, ingratitud, chinchorrerías constantes son recompensa de las buenas acciones: “Castillos en la arena”, “El último reducto”.
La persona espacialmente próxima o próxima por parentesco, así como las situaciones que debieran unir a parientes y conocidos, son precisamente factores que los separan a enorme distancia moral y sentimental: la causa del odio, rencor, decepción, recuerdos ingratos, egoísmo, disimulo. Y quienes se hablan, escuchan, ven, tocan, están en realidad solos, pero con su carga que es el otro. El deseo de huir, el vislumbre de la tierra prometida, consiste paradójicamente en huir del otro, hostil, hacia la propia soledad que, sin embargo, se reafirma al revelarse el fugitivo incapaz de escapar del sufrimiento compartido. Y cuando existen la amistad, el agradecimiento, la admiración, entonces es el mundo mismo, malévolo, que se interpone, aparta, aísla, hiere incurablemente el sentimiento: “Ese amargo fruto”.
Las situaciones narrativas en nada se parecen unas a otras; no obstante, tienen un denominador común: la irremediable desgracia de la condición humana. Lujoso o modesto el escenario, en él se mueven desgraciados llenos de pasión, de pena, de ensueños incumplibles, de miedo, de desazón. Los personajes de Ana Alejandre son fuertes, tenaces, atrevidos (también lo son en su novela anterior, Tras la puerta cerrada): se empeñan, combaten, a veces arrollan toda consideración; pero todos son impotentes, alguno hasta optar por el suicidio: “Sólo una rosa”. Son personajes agonizantes, en el doble sentido de la palabra: luchadores agónicos. Y esto los hace profundamente humanos y atrayentes.
Respecto de la forma de contar, es mucho más descriptiva que histórica. Ya hemos dicho que la acción resulta, de algún modo, proyección del mundo donde ocurre.
Señalemos también que esa descripción detenida plasma hasta en sus menores detalles un ambiente, como se ve muy bien en “La vieja dama” y “La otra cara de la moneda”. Morosamente se detiene la escritora en rasgos faciales, movimientos de mano, adornos, ropa, muebles. Por momentos cree el lector estar sentado delante de un escenario y asistir a una representación teatral. De tal manera evoca la frase minuciosa actores y luces, casi substituyendo a la vista. Y, por ende, es lento el ritmo del relato. Lento, pero no tedioso, porque el ámbito se pinta, junto con cuanto en él ocurra, dramática o trágicamente. El todo, en cierta forma clásico, con sus apretados tiempo, acción y lugar que vagamente recuerdan las unidades del abate d’ Aubignac. Por su parte, nacen los sucesos de la situación, están en ella, igual que los personajes de un cuadro se mueven, cazan, corren, se persiguen, conforme al tema de la pintura, composición equilibrada, líneas de fuerza y demás. Las circunstancias se desdoblan en sucesos; no configuran éstos a aquéllas. Si bien, como ya observamos, es el escenario andamiaje proyectado de las pasiones.
(Advirtamos, no obstante, y para que no sea todo elogios de una pluma excelente, que en ocasiones tiene Ana el defecto de su virtud: alguna reiteración, tal vez, en “La otra cara de la moneda”. Igual, el acumulamiento de incidentes, ese bullir de gusanera que son los sentimientos de los personajes, a veces no se deslindan con claridad, cambiándose el sujeto principal en una larga cláusula llena de oraciones subordinadas: página 163.)
Y a esta característica de referir los hechos sigue a veces otra consecuencia: los relatos suelen ocurrir en tiempo real, o sea, el que dure una conversación, un acontecimiento cualquiera. Si el tiempo de lectura es mayor que aquél, eso no influye en la duración literaria. La tendencia a crear espacios dramáticos criptoteatrales también acorta el tiempo. Asimismo, las emociones no se diluyen a lo largo de la narración, sino que se acumulan en el reducto estrecho del alma-escenario, dando al relato esa violencia, ese desgarro, esa aflicción tan característicos de personajes que han perdido toda esperanza, están a punto de perderla o se empeñan en combatir rabiosamente lo inevitable.
Porque no deja el estrado donde se mueven nuestras figuras de estar permeado de mal. Un ejemplo. Generalmente se ha concebido el agua como fuente de vida, elemento de donde surgen todos los seres, igual que Venus, diosa de la fecundidad. Sin embargo, la autora considera las cosas de otra manera: el agua puede ser letal (“El amargo fruto”), compañera de la muerte y expresión de la disonancia universal (“A orillas de la nada”), manifestación sofocante y obscura de fuerzas que pinchan los nervios, atizan el rencor, despiertan el odio latente (“El último reducto”).
Los ambientes, elegantes o sencillos, naturales o domésticos, son todos nidos del maligno, del hombre en amargura solo o acompañado, enfrentado a sí o a los otros, sin Dios; hombre en la plenitud de su imperfección congénita. Hay, sí, a ratos una lucecilla: simpatía por un desdichado (“Un desconocido llamó a la puerta”), esperanza afincada en el amor (“Vía muerta), generosidad (“Una sombra fugaz”). Pero no disipa la tiniebla.



Nota.- Esta crítica fue publicada en Editanet, Espacio Virtual Literario y Artístico, nº 5, Noviembre/Diciembre de 2008.



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